A qué viene Santilli, Toto Caputo jefe de Gabinete en las sombras y las trampas de Adorni

“Voy a trabajar para que un presidente no peronista pueda reelegir”

La salida de Adorni importa no por lo que cierra sino por lo que abre. Es el primer paso de la estrategia del oficialismo para intentar una reelección de Javier Milei. “Voy a trabajar para que un presidente no peronista pueda reelegir”, dijo Diego Santilli en la tarde del domingo.

Fue al salir del autódromo de La Plata, adonde acompañó a su hijo Nicanor Santilli Pazos, piloto oficial de la escudería china Foton. Desde allí fue a entrevistarse con Milei, quien le oficializó la oferta de reemplazar a Manuel Adorni como jefe de Gabinete. Santilli es el valedor más sólido de las relaciones entre el Gobierno y el PRO para unificar fuerzas para las elecciones de 2027.

Sin la unidad de LLA y el PRO para impulsar al mejor candidato a gobernador, se puede perder la provincia de Buenos Aires y eso puede derribar la candidatura de Milei para un nuevo mandato. Con esta designación se fusiona el destino común de Milei, Santilli y el PRO, es decir también Macri.

Tienen que tirar todos para el mismo lado para salvarse. Santilli sigue siendo afiliado al PRO, y además ocupa una silla en la mesa nacional de conducción del partido. No va a las reuniones porque no tiene tiempo, pero no ha renunciado a esos cargos y podría repetir “evitistamente”: renuncio a los honores, no a mi puesto de lucha.

El abrazo del oso al macrismo

La jefatura de Gabinete asume la formalidad de la administración del país, según la letra constitucional. Pero el jefe de Gabinete de este gobierno es Luis Caputo. Ejecuta proyectos dogmáticos que cree válidos para cualquier gobierno con el auxilio de abogados y economistas de los estudios privados y cámaras empresarias, que operan desde la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia a cargo de la abogada María Eugenia Ibarzábal.

Milei no hace lo que quiere, hace lo que le indica Caputo. El resto es hojarasca. Santilli es el candidato a gobernador de Buenos Aires de la alianza entre el PRO y La Libertad Avanza. Soldar esa relación es imprescindible para el Gobierno ante las señales de Mauricio Macri para levantar el precio de la adhesión.

La cumbre de Mar del Plata del viernes pasado refrescó la imagen del PRO al reunir a las figuras históricas de esa fuerza bajo la consigna de que acá estamos, tenemos territorialidad, nadie nos lleva puestos.

Macri se vareó ante un millar de dirigentes de toda la provincia, rodeado de Gabriela Michetti, Cristian Ritondo, María Eugenia Vidal y Guillermo Montenegro. La consigna no escrita es que el PRO tiene lugar en el próximo paso de este ciclo del tercer gobierno conservador de la Transición.

Un criptomacrista al poder

Para lo que importa, Santilli es un criptomacrista cuyo puesto de batallas es estar en la cúpula del Gobierno. Su misión durante el año que queda para las primarias del 2027 no es construir una jefatura de Gabinete que este gobierno no quiere tener; si no fuera así, no hubiera designado a Nicolás Posse, Guillermo Francos o a Manuel Adorni, mansos tigres de papel sin funciones ni tareas relevantes.

Su misión en los próximos 12 meses es consolidar su candidatura a gobernador y reinstalar, con la capacidad resbaladiza que lo caracteriza, las relaciones objetivas con el electorado del PRO, para el cual sigue vigente Macri como referente.

Mauricio se da el lujo de coquetear con la posibilidad de una candidatura presidencial. Hace cosas de candidato y niega que lo sea. No es gratis. Le está poniendo precio a la relación con el Gobierno. Milei empezó a pagar: ha puesto en el cargo formalmente más importante del gabinete a este amarillo con piel violeta que es el “Colorado”.

Santilli sigue siendo un referente del PRO dentro del Gobierno, le da una mano a sus correligionarios cuando hace falta y no ha desnaturalizado su relación con dirigentes del PRO, a quienes les facilita las cosas cuando necesitan del gobierno.

Toto es el jefe real del Gabinete

El gobierno de Milei ha preferido apelar a otras maneras de administración, ensayadas en el pasado por Eduardo Duhalde. La dureza real de la administración la concentra Luis Caputo y todo lo demás es vocería de ocasión, como las leyendas que inventa el Gobierno sobre que la hermana y el monotributista deciden algo.

Es una fábula basada en lo que el Gobierno cuenta a través de sus voceros sobre estos cortesanos. No hay otra prueba. Son voceros que encubren quién toma las decisiones de fondo. Ayuda en esa cobertura Federico Sturzenegger, que se improvisa según la ocasión como experto en desregulaciones, otras veces en inteligencia artificial, otras en derecho societario, otras como experto en minería. Ejerce una vocería a pedido.

Quienes ejercen el poder no suelen aparecer en la superficie. Como ocurría bajo el gobierno de Duhalde, Hugo Toledo era coordinador principal de obras públicas y tenía apenas un cargo de asesor “ad honorem”. Decidía sobre obras públicas y de infraestructura, pero quienes firmaban los papeles eran otros.

En el terreno de la política social, el poder de decisión lo tenía Chiche González, su esposa, que fungía como presidenta de un consejo asesor – también “honorario” – de su marido, pero la firma del ministerio de Desarrollo Social la tenían otros. Algo así ha emulado el monotributante Caputo, que debe sonreír cuando mira el destino judicial de funcionarios porque firmaban y dejaban las huellas.

Santilli, jefe político

Santilli ha sido uno de los constructores del PRO junto a Macri y la generación de los Ritondo y los Larreta. Tomaron el poder en CABA en 2007; algo que anunciaba ya en 2005 la buena elección de Mauricio en las legislativas para diputado nacional. En 20 años han gobernado el distrito y nadie los ha sacado de ahí. Hoy tienen en Santilli al mejor candidato para las elecciones de 2027, a lo que sea y donde sea.

Santilli se mueve con esa sutileza enjabonada que lo convierte en candidato natural del oficialismo a gobernador de la Provincia. Y si no le gusta al Gobierno, puede ir a la CABA como candidato a jefe de Gobierno. Ya les hizo ganar en 2025 las elecciones legislativas. El Gobierno debe hacer lo que quiera Santilli como en economía hace lo que diga Caputo, Luis.

Una descomposición en cámara lenta

La salida de Adorni estaba decidida desde hace rato. El Gobierno quería que se cumpliese la ritualidad del despido sin chamuscarse. La torpeza en estas operaciones lo traicionó. Milei jugueteó con un poder que no tiene y empezó a pagar el costo de esa defensa cuando tropezó en el Congreso. La semana pasada vio cómo un proyecto con el Súper RIGI cosechó apenas 130 votos en Diputados. Uno más que el quórum.

Un daño importante a la iniciativa que, por su materia y su dimensión, debería contar con una mayoría solvente de apoyos políticos. Es la única forma que una iniciativa estructural de ese tipo no sea revertida con un ligero cambio de viento político en un nuevo gobierno, algo que puede ocurrir dentro de apenas un año. Se agravó el panorama con el minué de las dos cámaras la semana pasada en torno a la interpelación a Adorni. La oposición amigable dejaba de serlo.

Intentó poner al sucesor

Este diario consignó en la columna “Entretelas de la política”, publicada el sábado 20 de junio, que hacía diez días el enlace del Ejecutivo con el Congreso, el empresario Ignacio Devitt, había esparcido la noticia de que antes del 2 de julio Adorni sería despedido del cargo.

Devitt peleó por participar de este entierro. Actuó debajo del radar en todas las reuniones en las que se discutió este final en Casa de Gobierno. Logró algo, que es quedar como viceministro del Interior. Santilli seguirá ejerciendo de ministro, junto a la jefatura de gabinete, secundado por Devitt y su hombre de confianza Gustavo Coria.

Adorni, que manejó con torpeza todo, hizo algunos ademanes para que Devitt fuera su reemplazante en la jefatura de Gabinete. Si algo sabe Adorni es que ese cargo es una cáscara vacía, pero a los aficionados les encantan esas magistraturas huecas que le ponen chapa a lo que no tiene y, además, brindan prebendas con un valor incalculable: secretarías, movilidad, contratos, viáticos, viajes.

El gobierno demoró la decisión a la espera del momento adecuado. En el fin de semana Santilli fue informado de la nueva misión y se adaptó a la intención de los rituales de la transición. El viernes todos los ladradores del prime time descubrieron, por ciencia infusa, que se iba Adorni. El sábado se filtró por la misma vía que Santilli sería el reemplazante y que estaba pensando la oferta que le hicieron. El domingo Milei le puso la frutilla al postre con el anuncio.

No era ni el arquero ni el capitán del equipo

La sesión del Senado en la que se aprobaría el proyecto de reforma a la Ley de Tierras (Inviolabilidad de la Propiedad) agravó la zoncera de juguetear con el Adorni eterno. Ha sido un funcionario intrascendente y sin funciones, ni como vocero ni como jefe de Gabinete.

El Gobierno parecía guiarse por un consejo estratégico que ya explicó el maestro de ese arte, Sir Basil Liddell Hart: cuando la debilidad de un punto es obvia, suele serlo porque se trata de una posición alejada de cualquier arteria o centro neurálgico vital, o bien porque se mantiene deliberadamente debilitada para atraer al agresor hacia una trampa.

Adorni, en efecto, no era ni el arquero ni el capitán del equipo, si se lo compara con los errores de Bielsa en el partido que dejó a Uruguay afuera de la Copa del Mundo: el director técnico sacó justo al arquero y al capitán y perdió todo. Desoyó la enseñanza de Maradona: “En mi equipo el arquero es de metegol. No sale nunca”.

Si Adorni se iba, no pasaba nada. El Gobierno sabía eso y usó el caso para desviar la artillería de la oposición a un blanco sin ningún peligro. Pero le faltó el momento de oblicuidad que aconseja este autor cuando exalta la capacidad de quien conduce para cambiar de método y aplicar en cada caso un tipo distinto de guerra.

La clave es cuándo darse cuenta. Mantener a Adorni más tiempo se volvía en contra. Debió el Gobierno atender a otro consejo del autor: nunca se ha sabido de país alguno beneficiado por una guerra prolongada. La oposición aprovechó todo lo que pudo las ventajas de que Adorni siguiera bajo fuego. Un estratega debería pensar en términos de paralizar, no de matar, dice Liddell Hart en su tratado “Estrategia”.

Don Fulgencio y Las tablas de Moisés

Moisés Iconicoff, un personaje de los años ‘90 que prefiguró mucho de la política que vino después, filosofó con agudeza y experiencia sobre las fantasías que despiertan los cargos públicos. Decía que hay tres demonios que sepultan al político cuando llega a un cargo:

1) Creer que el cargo es vitalicio y que se lo dieron por su capacidad.

2) Creer que puede hacer lo que quiera con absoluta impunidad.

3) Creer que el cargo es un permiso para hacer de grande lo que no pudo hacer de niño.

Como María Julia, la de las pieles en las nieves, Adorni creyó que podía tener un flipper en su casa. Se imaginó un Don Fulgencio (guglear) redivivo (el hombre que no tuvo infancia. O que era la oportunidad para volver a tener pelo donde ya no crece.

Moisés, hoy olvidado, ilustraba esos demonios con su propia experiencia. Había pasado por todo. Desde crear movimientos tercermundistas en el mayo francés del 68 a ser asesor de Perón y de Menem, pasando por el teatro de revistas, panelista de programas de TV y candidaturas imaginarias; llegó a sacar 5 mil votos en una elección porteña, algo así como llenar el Teatro Colón o el Luna Park.

Adorni cayó en todas esas trampas: se creyó inmune ante acusaciones que deberán probarle, pero que enfrentó con frivolidad; creyó que tenía que creerle a Milei que el cargo sería eterno; Milei siempre hace lo contrario de lo que dice. Cuando Milei dijo que nunca lo echaría, ya era hora de ir pidiendo el carry-on.

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