“Preso sin nombre”, la obra que revive el horror de un periodista en los calabozos de la Dictadura

Casi inmóvil, el cuerpo del protagonista de la escena recreada padece la opresión, su mente intenta salir del encierro forzado por sus captores y una atmósfera densa se apodera del público para extender sus tentáculos desde la austera escenografía de las tablas hasta la última grada. Nadie queda a salvo de ese momento crucial, uno de los pasajes más angustiantes que interpreta el actor Nicolás Cesare en una sala del sur del Conurbano.
El desafío unipersonal “Preso sin nombre”, atravesado durante casi una hora por inquietantes silencios y evocaciones a media voz, recrea el impacto de la violencia extrema ejercida por la Dictadura sobre el periodista y escritor Jacobo Timerman, arrancado en 1977 de su rutina al frente del diario La Opinión y arrojado al tenebroso inframundo del centro clandestino de detención Puesto Vasco (en Don Bosco, partido de Quilmes) primero y después a otra celda, de alcances igualmente devastadores, en el Centro de Operaciones Tácticas 1, en Martínez.
La obra, dirigida por Andrés Caputo -también actor, clown y director general de las Escuelas de Artes e Idiomas municipales de Lanús-, está basada en los testimonios del horror que padeció el fundador y director de los periódicos La Opinión y La Tarde y las revistas Confirmado y Primera Plana. Esas oscuras vivencias fueron volcadas, en 1981 durante su exilio en Israel, en su libro “Preso sin nombre, celda sin número”.
Desde el sábado 9 de mayo, cuando fue estrenada en el Teatro del Municipio, en Lomas de Zamora, esta pieza teatral concebida con la decisiva aprobación de Jordana y Javier (la nieta y uno de los hijos de Jacobo Timerman), inició su recorrido por salas del Sur del Gran Buenos Aires y de la Ciudad -como el Espacio Memoria y Derechos Humanos de la ex ESMA-.
Con la consigna primordial de mantener viva la memoria del pasado reciente y transmitir sus claroscuros a las nuevas generaciones, a cincuenta años del golpe cívico-militar de 1976, “Preso sin nombre” tendrá sus próximas escalas en el Cine Teatro Wilde (el 12 de septiembre a las 21), San Vicente, el Espacio de Memoria Pozo de Banfield y dos funciones para alumnos de escuelas secundarias de Lomas de Zamora.
“Nuestra propuesta no busca reconstruir históricamente los hechos ni reproducir documentalmente los acontecimientos narrados. Nos interesa acercarnos a la experiencia íntima de un hombre que, muchos años después de recuperar la libertad, continúa habitado por los recuerdos de aquellos treinta meses de cautiverio”, reseña Caputo las razones de esta herramienta válida para mirar atrás, tratar de comprender el presente y proyectar un futuro más venturoso.
Por su parte, Cesare añade precisiones sobre su rol central en la obra: “La obra demanda un permanente desdoblamiento. El personaje habita el presente, se encuentra en el living de su casa, intenta reconstruir una cotidianeidad posible. Pero, al mismo tiempo, es arrastrado una y otra vez hacia el pasado. Ambos tiempos conviven en escena. El hombre libre y el hombre detenido dialogan constantemente. La memoria irrumpe, fragmenta el presente y obliga al cuerpo a revivir aquello que parecía haber quedado atrás”.
Entre los recuerdos atesorados por Timerman y relatados sin eufemismos en su libro asoman los golpes asestados a esa vida anterior a la que refiere el artista, que empezaron a atravesarlo mucho antes de la caída del Gobierno que encabezaba a los tumbos Isabel Martínez de Perón.
Ya a fines de los años ’60, Juan Carlos Onganía trazó el camino de la intolerancia. El régimen de este general se encargó de clausurar la redacción de Primera Plana, apenas como el primer eslabón de una larga secuencia de actos violentos contra la prensa disidente. En 1971, las instalaciones de La Opinión fueron expropiadas por la dictadura de Alejandro Lanusse y, cinco años después, la Junta Militar recién instalada -con Jorge Videla a la cabeza- clausuró La Tarde. Sin embargo, Timerman y su plantel de periodistas seguían alzando sus voces para denunciar los atropellos de esa época signada por las detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones.
El lenguaje escénico que Caputo y Cesare desarrollan a través de “Preso sin nombre” plantea una convivencia posible entre el arte y la recreación de los hechos más dolorosos de la realidad, con el saludable propósito de recurrir a la buena memoria para no desviarse siquiera un paso de la senda democrática.


