El impacto que provoca darse cuenta que Leticia Brédice es el Gordo Casero

Vaya a saber uno por qué, pero ir a ver el unipersonal de Leticia Brédice nos daba cierto temor. Nos parecía demasiado que esté sola. Más que una elección, lo sentías como una necesidad. Debe ser difícil trabajar con una mujer que hizo del exotismo en un viaje de ida sin retorno.
El estreno del viernes pasado en el Teatro Santa María tenía algo del under chic. Todo el público se parecía a Mike Amigorena. En las butacas se alentaba como si la Brédice estuviera por dar un recital. Clima de regreso para alquien que vive con la puerta entornada.
Milagro, así se llama la obra, empieza rara, con una animadora o maestra de ceremonias que en realidad es su sobrina Ananda Li Brédice. Ananda, vestida como para ir a Palacio, sobre un escenario más pelado que en el más modesto de los teatros del off. Ni silla ni mesa ni teléfono de línea. La chica anuncia lo que se viene como si estuviéramos en un freak show. Habla de la advenediza aparición de una mujer de clase alta, una Figueroa Alcorta –rubia, madura, por supuesto descocada– que dejará salir al hombre elefante que lleva adentro.
Esto no va a tardar en ser un unipersonal con un cable a tierra que, cada tanto (Ananda), trae de vuelta a la tía cuando ella se se va por las ramas o pierde el hilo con digresiones violentas. La madurez de Leticia se mimetiza con la de Fabiana Cantilo, Cecilia Roth y Susana Giménez. Todas podrían hacer de cada una en algún momento de la biopic.
Ahora viene lo loco. Brédice es una maestra del absurdo. Va narrando historias de puño y letra de una manera que que sólo podría hacerlo Alfredo Casero. La conexión es inmediata y, de hecho, uno recuerda que trabajaron juntos en A Todo Culorr, un programa de televisión que fue debut y despedida.
Son tal para cual, entonces aparecen carcajadas sueltas, risas incómodas, algún aplauso mal puesto, pero nunca reacciones solidarias. Milagro se desangra en escena y actúa una cosa profundamente teatral que no sabemos definir.
Hay un episodio del personaje en Mar del Plata. Unas vacaciones accidentales en La Bristol. Tratándose de una sola persona, el texto podría trastabillar con la fiaca de un libreto standapero. Eso no ocurre. Poder diferenciarlo es un hallazgo imprevisto.
Y decir que la obra trata sobre María de los Milagros Figueroa Alcorta, una mujer atravesada por una historia de vida dura y marginal con una infancia de madre alcohólica y blá, sería una tremenda picardía. El contenido está en otro lado, en la intensidad de nuestra Gena Rowlands. En la bestialidad que transmite Brédice.
Al final te vas con un pequeño nudo en el pecho porque, cuando termina la obra, Leticia y Ananda, tía y sobrina, se dan un abrazo que rompe la cuarta pared. Un piedrazo contra el espejo.



