De prostituta parisina a princesa egipcia: el ascenso de Marguerite Alibert que terminó en un asesinato

Hay personas que nacen en la riqueza y pasan toda su vida intentando conservarla. Marguerite Alibert hizo exactamente lo contrario. Nació en una familia humilde de París y dedicó décadas a escalar, paso a paso, hasta los círculos más exclusivos de Europa.

En el camino se convirtió en cortesana, amante del futuro rey de Inglaterra, esposa de un aristócrata egipcio y protagonista de uno de los juicios más escandalosos de los años 20. Cuando todo terminó, un hombre estaba muerto, la monarquía británica al borde de una crisis y ella seguía siendo libre.

Marguerite Marie Alibert nació en diciembre de 1890 en París. Su padre trabajaba como cochero y su madre como ama de llaves para familias acomodadas. Aquella cercanía con la élite marcó su infancia. Mientras otros niños de su misma condición crecían aceptando su lugar en el mundo, Marguerite observaba desde afuera la vida de los ricos y soñaba con formar parte de ella algún día.

Su adolescencia estuvo atravesada por una tragedia. Cuando tenía quince años, su hermano menor murió atropellado y sus padres decidieron responsabilizarla por el accidente. Como castigo, la enviaron a un convento en el que las monjas no hicieron más que reforzar aquella culpa.

La golpeaban, la reprendían y le repetían constantemente que la muerte del niño era consecuencia de sus pecados. Allí aprendió a cantar y desarrolló habilidades sociales, pero también un carácter obstinado que la acompañaría durante el resto de su vida.

Un retrato de Marguerite Alibert. Foto: Wikipedia

Un año después, ya con 16 años, comenzó a trabajar como empleada doméstica y quedó embarazada. Nunca quedó del todo claro quién fue el padre de su hija Raymonde.

Dependiendo del momento, Marguerite ofrecía versiones distintas. A veces, un joven aristócrata enamorado de ella; otras, un estudiante de arte sin recursos, incapaz de hacerse cargo de la situación. Lo cierto es que aquel embarazo la dejó sin trabajo y sin demasiadas opciones para sobrevivir.

Los años siguientes conoció la cara más dura de la pobreza. Conseguir empleo estaba más difícil de lo que imaginaba, así que, a los pocos meses del nacimiento de su hija la llevó a una granja en la Francia rural. Durante los primeros siete años de vida de Raymonde prácticamente no hubo contacto madre e hija.

Sin embargo, mientras intentaba reconstruir su vida, Marguerite hizo una promesa que terminaría definiendo toda su vida. Nunca volvería a ser pobre.

Comenzó prostituyéndose en las calles de París y cantando en bares para complementar sus ingresos. Era baja, de piel muy clara, cabello rojizo y poseía un encanto particular que atraía a los hombres con facilidad.

Aquellas características llamaron la atención de Madame de Nart, propietaria de un exclusivo burdel frecuentados por miembros de alta sociedad. La joven Marguerite se instruyó cortesana de alto standing.

Allí dejó de ser una prostituta callejera para convertirse en una cortesana de lujo. Aprendió a moverse entre empresarios, aristócratas y hombres influyentes con la misma naturalidad con la que antes había recorrido las calles buscando clientes.

La estrategia funcionó

Con el paso de los años, fue perfeccionando una serie de habilidades que le hacían destacar. Bailaba, cantaba, tocaba el piano, montaba a caballo y entendía perfectamente cómo desenvolverse en ambientes refinados.

Marguerite Alibert con su hija Raymonde. Foto: Lost in History.

Sus relaciones sentimentales rara vez eran solamente sentimentales. Cuando un amante se iba, solía dejar dinero, regalos y propiedades detrás. Marguerite conservaba algunos obsequios, pero vendía la mayoría para seguir acumulando riqueza.

En el año 1907, Marguerite tuvo su primera relación romántica con un comerciante de vino, André Meller, de 40 años. Terminaron en 1913 porque Magui -como él le decía- le era infiel. Aún así, le dio 200 mil francos – 6.5 millones de dólares actualmente- para terminar en paz.

Llegó a mantener varios amantes al mismo tiempo y transformó aquellas relaciones en una herramienta para ascender socialmente. La oportunidad más extraordinaria apareció durante la Primera Guerra Mundial.

En 1917, el príncipe Eduardo de Gales, futuro rey Eduardo VIII, se encontraba destinado en Francia. Algunos aristócratas organizaron un encuentro entre ambos en un hotel parisino. Él tenia veintitrés años; ella, veintisiete y una larga experiencia tratando con hombres poderosos.

Eduardo quedó fascinado desde el primer momento. La relación avanzó rápidamente y durante un año mantuvieron un romance intenso, alimentado por encuentros secretos, regalos y correspondencia constante.

Aquellas cartas resultaron especialmente delicadas. En ellas, el futuro rey no solo hablaba de sus sentimientos por Marguerite. También realizaba comentarios poco amables sobre su padre, el rey Jorge V, opinaba sobre asuntos vinculados a la guerra y describía aspectos íntimos de la relación que habrían provocado un enorme escándalo si llegaban a hacerse públicos.

Mientras Eduardo le enviaba chocolates, ella respondía con literatura erótica. Era una relación apasionada, y potencialmente explosiva. Cuando el príncipe perdió interés en 1918 y comenzó a frecuentar a otra mujer, Marguerite entendió el valor de aquellas cartas.

Aunque quiso intentar usarlas para obtener dinero, finalmente guardó el material. No lo sabía todavía, pero años más tarde esos documentos podrían salvarle la vida.

Mientras tanto, continuó acumulando fortuna. Contrajo matrimonio con un oficial de la Fuerza Aérea, se divorció pocos meses después y siguió aumentando su patrimonio. Llegó a poseer una residencia lujosa, autos, sirvientes, dos limusinas, diez caballos y un establo propio.

Eduardo, príncipe de Gales en 1919. Foto: Wikipedia.

También volvió a acercarse a su hija y la envió a estudiar a uno de los mejores internados de Inglaterra. Aquella adolescente que había sido abandonada durante años pasó a formar parte de la vida acomodada que su madre había perseguido durante tanto tiempo.

Para Marguerite nunca parecía ser suficiente

En 1922 conoció a Ali Kamel Fahmy Bey, un joven aristócrata egipcio inmensamente rico. Aunque técnicamente no era un príncipe, la prensa y la sociedad lo trataban como tal. Marguerite vio una nueva oportunidad y no la dejó escapar.

Se convirtió al islam y se casó con él en 1923. Los diarios comenzaron a llamarla princesa Fahmy. Después de años de esfuerzo, la hija de un conchero parisino finalmente había conseguido el título que siempre había deseado. Pero la realidad no fue tan poética.

Antes de la boda, Marguerite había impuesto dos condiciones: seguir usando ropa occidental y conservar el derecho al divorcio. Ali aceptó ambas exigencias, aunque poco después descubrió que el acuerdo había sido modificado sin que ella supiera.

Instalados en Egipto, las discusiones se volvían cada vez más frecuentes. Él consideraba humillante la independencia de su esposa. Ella se negaba a adoptar el comportamiento sumiso que se esperaba de una mujer de ese entorno. El resentimiento creció a tal punto que Marguerite llegó a elaborar listas con todo lo que odiaba de su marido.

La situación terminó de forma brutal el 9 de julio de 1923. Tras regresar al Hotel Savoy de Londres después de una función teatral, la pareja volvió a discutir. Horas más tarde se escucharon disparos.

Retrato de Ali Fahmy Bey. Foto: Utterly interesting

Ali Fahmy murió en la habitación y Marguerite fue acusada de asesinato. Había testigos, existían inconsistencias en la versión de la acusada y la víctima había recibido disparos por la espalda.

Si era declarada culpable, podía terminar el la horca. Sin embargo, el juicio pronto dejó de ser únicamente el proceso por homicidio.

Las viejas cartas de Eduardo reaparecieron como una amenaza silenciosa sobre la familia real británica. Su contenido comprometía el futuro del rey y podía provocar un escándalo político de enormes dimensiones.

Mientras la defensa describía a Ali como un hombre brutal, violento y depravado, Marguerite sostuvo que había actuado para salvar su propia vida. El debate terminó convirtiéndose en un espectáculo nacional seguido con enorme atención por la prensa.

Después de apenas una hora de deliberación, el jurado emitió su veredicto: no culpable. Marguerite quedó en libertad y pasó a la historia como la mujer que había matado a un supuesto príncipe y había conseguido salir impune.

De regreso a París, continuó frecuentando los círculos adinerados, realizó pequeñas apariciones cinematográficas y vivió cómodamente gracias a la fortuna acumulada durante años. Murió en 1971, a los ochenta años, convertida en una mujer inmensamente rica.

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