Andrea Frigerio, de la alta costura a la marquesina del prestigio: su debut y despedida con Tato, sus locos rituales y su trabajo con Francella, Brandoni y Oscar Martínez
Ella iba por la vida diciendo que había debutado con Juan Alberto Badía, que ahí se le habían abierto las puertas de la TV. Pero hace poco fue de invitada a Otro día perdido, el late night show de Mario Pergolini, y cuando Alejandro Borensztein -uno de los productores- fue a saludarla se acordó inmediatamente que su primer paso frente a cámara no había sido ése. Había sido otro y cortísimo. Lo que otra figura tal vez no contaría de sus comienzos Andrea Frigerio lo cuenta y con gracia. En eso también radica una de la tantas diferencias que hay entre ella y las que derrochan purpurina.
Sentada en el sillón de su camarín del Metropolitan -donde coprotagoniza Desde el jardín junto a Guillermo Francella-, no tiene pudor en recrear esa escena que creía tener olvidada. Pero la memoria siempre atesora alguna perlita en su dobladillo: “Mientras saludo a Alejandro le digo ‘Me acabo de dar cuenta de que en realidad empecé con tu viejo y me echaron, encima’. Y nos matamos de risa”.
-Otra estaría sacando chapa de que los palotes los hizo con el gran Tato Bores.
-Tato era lo más, pero lo mío no duró nada. Formaba parte de una apertura que hicimos en los Bosques de Palermo, algo sobre ET y luego en el piso me pusieron como la secretaria de Tato. Bueno, me dieron mis líneas, que en realidad era mí línea: yo entraba y tenía que decirle ‘Señor Tato, acá le traje su carpeta’. Punto. Eso era todo mi texto. Tenía 21 años, no habia hecho nada en tele, sí casting, obvio. Se ve que él tenía otro libreto y me dice ‘Entró muy bien y se fue mejor’. Un chiste viejo que no escuché y ni hubiera entendido. Y me doy vuelta y le digo inocentemente: ‘¿Cómo dice?’. Pero fue como un ‘¿qué?, no entendí’. No estaba en mí linea que él me contestaba. Él dijo ‘No, nada’ y me invitaron a retirarme y nunca más me llamaron.
Entre aquella Andrea y la de ahora no sólo pasaron más de 40 años, sino que la mujer preciosa y elegante que está sentada con la simpleza y la serenidad de los que saben esperar su turno ha recorrido un camino por los diferentes rincones de la vida, aunque la mayoría crea que sólo supo transitar la pasarela.
Frigerio comparte escenario con Guillermo Francella y Martín Seefeld, entre otros actores, en la versión teatral de “Desde el jardín”. Foto Fernando de la OrdenModelo de alta costura -entre muchas otras cosas que irá develando con el correr de la charla- en los último años se ha convertido en una de las actrices más requeridas (y también vale si uno separa la primera sílaba de esa palabra) del medio, para compartir escenarios y pantallas con grandes como Luis Brandoni (en Mi obra maestra), Oscar Martínez (en El ciudadano ilustre), con Francella, en varias cosas como esta obra en la que su trabajo merece premio. Los premios no la desesperan, dice, las oportunidades las sabe aprovechar.
La historia detrás de la mujer bonita
A los 64 años, con dos hijos, un marido y tres nietos, comparte que “tengo muchos mandatos familiares, sobre todo de mi abuela paterna, Paulette, que nació en Marsella, y me decía muchas cosas interesantes. Mi mamá era docente, papá era ingeniero civil, hasta los 8 fui hija única y pasaba mucho tiempo con mis abuelos. Como yo hablaba mucho, Paulette, por ejemplo, me decía ‘¿Vos sabés que cuando uno habla mucho se pierde la oportunidad de aprender, no?’. Y con eso no me decía ‘Callate que no parás de hablar’. Y con los años me convertí en una gran oreja, amo escuchar al otro”.
Y ama, se ve, retratar a cada uno de los miembros de su mesa chica: “Cuando se casaron, papá trabajaba en Capital y como mi mamá era maestra rural, para que no viajara tanto se fueron a vivir a Escobar. Ella le había dicho a sus padres que iba a la facultad a estudiar Psicología porque tenia el mandato de la universidad, pero en realidad se iba a dedo hasta la ruta 26, en Del viso, con el delantal blanco y la levantaba el Chevallier, algún camión, no tenía plata. Después descubrió una locomotora y la dejaba en Maquinista Savio. Y ella era feliz haciendo lo que le gustaba: enseñar”.
En la intimidad de su camarín del Metropolitan, rodeada de las fotos de sus afectos. Foto Fernando de la OrdenLa madre nos mira desde el espejo enorme del camarín, en realidad nos miran las fotos de todos. Pero ahora es el turno de ella: “No conseguía dónde dar clases y en Pilar le dijeron que había un lugar cercano que no tenía construcción ni nada, pero donde debería haber una escuela primaria. Entonces sola consiguió una casilla y ahi empezó a dar clases de primero a séptimo, tenía como diez alumnos. Todavía está esa escuela de la ruta 26 que se llama, no sé, Brigadier no sé cuánto y debería llamarse Marta Di Paola, que es el nombre de mi mamá”.
Hasta los 5 años, Andrea vivió en Escobar “que fue cuando mamá se pudo comprar un Citroën 3CV y entonces volvimos a la Capital, donde me criaban distintas personas. Había una suerte de discusión que nunca me voy a olvidar: mi viejo diciendo ‘Marta, la señora que cuida a Andrea gana más de lo que vos ganás y vos te vas todo el día’. Y ella le decía: ‘Pero es mi vocación, Enrique, a mí me gusta hacer esto’. Se armaban unas peloteras tremendas, pero mi vieja siguió yendo a dar clases y lo bien que hizo”.
Después llega el turno de “Luisa, mi abuela materna, de pelo blanco, cocinaba todo el día, se obsesionaba con el mantel blanco, gran anfitriona, hija de españoles. Ellos (Luisa y don Pancho) vivían a la vuelta de casa… Siempre estaba con alguien y mamá volvía a las tres del colegio, no tuve para nada una infancia de carencias”.
-Jugaba mucho sola y me divertía conmigo, inventaba historias, hablaba frente a los azulejos, actuaba sin saber que lo hacía. A mí me gusta la soledad, son momentos en los que creo, proyecto, tengo ilusiones, son espacios necesarios.
-Dijiste que hasta los 8 fuiste hija única…
-Sí, porque después llegó Paula y para mí fue una diversión increíble, una nena con unos ojos azules divinos, con ese olor a bebé que me fascinaba. Y cuando yo tenía 11 o 12 mis papás se separaron, mi madre hizo pareja pero no tuvo más hijos, mi padre tuvo unas novietas y luego sí se volvió a casar y ahi nacieron mis hermanas más chicas, Eugenia y Luisa. Él decía que éramos un póker de damas y generó un clima de hermandad fantástico.
Cuenta que siguiendo el consejo de su abuela Paulette aprendió a esuchar, y que ahora es considerada por su entorno como “una buena oreja”. Foto Fernando de la OrdenCon café para una y agua caliente para ella (que en algún momento matizará con alguna de las muchas hierbas que tiene en el camarín), hablá también de Lucas Bocchino, el amor de su vida, de sus hijos “Tomy y Fini” y de sus nietos. De todos hay fotos, algunas pegadas y otras despegadas, pero protegidas en carpetas, algo así como el álbum de las figuritas del afecto.
Lo que no se ve del teatro
También hay un parlante. Y no está ahí porque sí.
Detalla: “Es parte del ritual que tenemos antes de la función: dicen ‘5 minutos’ y yo ya tengo conectado mi Spotify y salgo con un tema de Barry White a todo lo que da (You’re The First, The Last, My Everything). Salen todos de los camarines, nos juntamos, jodemos si hay tiempo, termina la canción, hacemos una ronda, nos abrazamos y Martín Seefeld dice ‘Mucha joda, mucha joda, pero acá hay que hacer una obra, ¿saben cómo se llama?’. Todos decimos ‘ni idea’. Ponemos las manos así (una arriba de la otra) y todos decimos Des-de-el-jar-dín. Y nos volvemos a abrazar y nos deseamos una buena función. Yo digo buen viaje, porque para mí es un viaje ir al escenario. Ese momento previo me emociona mucho y ahí pongo el tema Felicità y ellos van subiendo, yo soy la última”.
-Pero ¿qué sos, la capitana del equipo?
-No, soy la Dj. Los despido, vengo, desenchufo el parlante, y arranco con mis propios rituales. Primero cuento los escalones, que son 25 (y si la cuenta no da vuelve a empezar), me persigno tres veces, los invito a mi mamá y a mi papa al escenario y les digo que vengan a jugar conmigo (cálida escena de emoción), les agradezco todo, rezo un Ave María, doy vuelta tres veces la lengua dentro de la boca para aflojar a musculatura, repaso mi primer parlamento y me entrego.
-¿No terminás fusilada con eso?
-No, al contrario. Salgo en un estado de gracia que me da confianza.
Frigerio y Francella en una escena desopilante de “Desde el jardín”.Y debe funcionar su paso a paso porque brilla en el escenario como la señora Eva Rand (mujer de alta sociedad que cuida y se interesa por Chance Gardiner, el personaje de Francella).
-Si uno analiza tu hoja de ruta pasó un largo tiempo hasta que llegó tu momento de reconocimiento, como le pasó a Ricardo Darín que saltó del galancito al enorme actor que es hoy, o a Francella a partir de “El secreto de sus ojos”. ¿Eso qué te provoca?
-Nada en especial, era cuestión de esperar. Te ven o no te ven.
-¿Y el hecho de que no te premien?
-No me produce frustración, para nada. Convivo con eso, no me resta.
-¿Dónde ubicás el quiebre en el que para la mayoría dejaste de ser sólo la modelo para convertirte en una actriz que recibe elogios de crítica y público?
-Y, un hito fue El ciudadano ilustre (2016), pero ya estaba preparada para recibir algo así. Yo hacía mucho el chiste de que cuando Mariano Cohn y Gastón Duprat me llamaron para la peli no les iba a preguntar por qué a mí, porque por ahí se avivaban y me desllamaban. Cuando me eligen para eso internamente yo dije ‘Bueno, hay dos que me vieron y que entienden que puedo’. Dije, gracias, lo leo y veo. Pero yo sabía que estaba a la altura.
Cuenta que un día se cruzó en un cumpleaños con Oscar Martínez y le dijo ‘Ay, Oscar, vamos a hacer una película juntos’. ‘No, ¿qué película?, eso no se va a hacer nunca, están dando vueltas’. Lo miro y le digo ‘Ay, que se haga porque es la única oferta que tengo’. Se rió. Corte. Pasaron tres años. Y me siento en un Twingo rojo, en el pueblo de Navarro, junto a Oscar Martínez, en lo que para mí es una de las mejores escenas de la película. Había que esperar, nomás”.
-A partir de ahí me empezó a ver todo el mundo. Después llegaron Venecia (festival en el que Martínez ganó la Copa Volpi, el Goya (fue elegida mejor película iberoamericana) y despues (Benjamín) Naishtat (que la convocó para el filme Rojo). Ahí empezaron ‘Ah, mirá esta mina, mira está mina’, tiraron del hilo, me vieron, me descubrieron. Y cada vez que me llamaban estaba. Siempre estoy. No hay papel que no vaya a agarrar.
De nombres y apellidos
Si bien no tiene precisión para ponerle fecha a cada paso de su travesía, sí sabe que “yo arranqué en el actuación no menos 10, arranqué menos 20. Era modelo. Resulta que estudié Biología en la Universidad de Buenos Aires, porque siendo hija de un ingeniero el mandato se imponía. Y cuando tuve a Tomy dejé la facultad en tercer año, porque tenía que hacer algo para darle de comer, era estudiante nomás. Eduardo, el papá, estaba estudiando arquitectura, éramos pendejísimos”.
-¿Vos ya tenías su apellido?
-De parte de papá soy Mitchelstein y de parte de mi mamá soy Di Paola. En mi documento ya decía decía Mitchelstein Di Paola de Frigerio, porque me casé a los 19, muy chica.
-¿Y cuándo quedó sólo el apellido de casada?
-Cuando iba a los castings me preguntaban ‘¿Cómo te llamás?’. Yo me llamo Andrea Mitchelstein Di Paola de Frigerio (pone vocecita) ‘¿Cómo?’ Y yo repetía. Hasta que un día me dijeron ‘¿Te podemos poner Frigerio que es más corto?’. Sí, poné lo que quieras, porque para mí eso que estaba haciendo de los castings era algo que iba a durar 10 minutos. Y ahí arrancamos. Y acá estamos. En un momento intenté sacarme el Frigerio cuando ya estaba separada. Y justo me salió la chance de hacer un programa de espectáculos en TV, El periscopio (para lo cual desechó una oferta que le había hecho Gerardo Sofovich “y me tachó, se enojo”).
-¿Tus viejos tomaron bien tus trabajos como modelo y actriz?
-Para mi papá fue tremendo cuando yo le dije que iba a ser modelo porque necesitaba ganarme unos mangos. No me voy a olvidar nunca de su cara. Me dijo ‘¿Cómo? ¿Modelo cómo? ¿Dejás de ser bióloga para ser modelo?, no entiendo’. Yo igual tenía una formación, estudiaba danza clásica, francés, inglés, piano, solfeo, biología.
Andrea Frigerio en la presentación de “El ciudadano ilustre” en el Festival de Venecia de 2016.Con poco maquillaje y una gracia para graficar escenas cotidianas, Andrea entiende que en aquellos juegos de su infancia se anidaba la actriz, pero que no figuraba concientemente en sus planes. Lo suyo era ir paso a paso para darle de comer a su hijo y laburar de lo que se pudiera, con las herramientas que tenía.
Después de aquella fugaz postal en lo de Tato, la llamó Badía para que se sumara a Doce más uno, por Canal 13: “Me dijo ‘Quiero hacer un programa de entretenimiento y quiero al lado a una mujer muy elegante que esté siempre vestida de Bogani y que hable de la historia de la moda. Y ahí nomás se dieron varios trabajos seguidos en tele”.
-¿Por qué creés que el reconocimiento llegó hace poco?
-Te quiero decir algo sin que suene a soberbia, porque no tiene ese tinte y tampoco estoy hablando puntualmente de mí: yo creo que el talento, tarde o temprano, ocupa su lugar natural. Nunca estuve en ningún lado por acomodo, ni por hacerme amiga de uno o de otro. Siempre es por las mías y es mi bandera. Desde chica soy así.
Foto de 1968: la Comunión de Andrea. Le llegó vía Instagram hace unos días: se la mandó quien estaba a su lado en la Iglesia. Gentileza Frigerio-¿Queda algo más de esa nena que fuiste?
-Me reconozco en todo, porque al mismo tiempo que convivía en mí esta cosa histriónica también yo era una persona muy interesada en el misterio de la vida.
-Sí, muy. Hace poco compré el libro La muerte de la muerte. De chica dormía sola en mi cuarto y no había tele, pantalla, sino mucha imaginación. Y tenía un pensamiento recurrente: hay que descubrir cómo esto de la vida, porque una vez que uno pueda descifrarlo puede descubrir cómo prolongar la vida eternamente. Eso pensaba a los 7 o antes.
Y agrega: “Y en un momento, y acá viene la parte más graciosa, yo me decía, ‘Bueno, basta Andrea, porque si lo llegás a descubrir te van a tirar un rayo y te van a desintegrar para que no lo cuentes’. Y la otra vez, mientras esperaba en un vip en España porque mi vuelo estaba retrasado me compré este libro y me lo devoré en lo que duró el atraso y el viaje”.
Habla de la vida, de la muerte, de los olores, de los olores y las emociones, de las emociones y los que ya no están, de los que ya no están y su recuerdo le humedece los ojos. Y da, sin proponérselo, una mini clase de la memoria olfativa, esa suerte de boleto a momentos a lo que uno llega a caballito de una fragancia. Eso es recordar. Y también es no olvidar qué fuimos, qué hicimos, como para entender quiénes somos. Y en su presente de gloria se sintetiza su clase (en su doble acepción de lección y de estilo). Y se agradece.



