Agustín “Rada” Aristarán, el mago de Bahía Blanca que nunca dejó de jugar: “Arriba del escenario siempre me sentí más cómodo que en la vida real”
Hay personas que entran a un lugar haciendo ruido. Agustín Aristarán no. Llega puntual, tranquilo y es de esos que abren la puerta para que pases primero, escuchan toda la pregunta antes de responder y te sirven agua antes de sentarse ellos. Pide un café negro, sin nada para comer porque “ya es casi mediodía”. Tiene varias características clásicas de Virgo, diría cualquier especialista en signos. Pero también una tranquilidad extraña en alguien cuya vida, vista desde afuera, parece avanzar a la velocidad de un tren bala.
Cuesta asociar esa calma con el hombre que hoy llena teatros, acompaña cada noche a Mario Pergolini en Otro día perdido, programa por el que hace pocas semanas ganó un Premio Martín Fierro por su labor humorística, y que, además, está a días de convertirse en Willy Wonka en el musical de Charlie y la fábrica de chocolate en el Teatro Gran Rex.
Pero quizá justamente ahí esté la explicación de todo. Porque “Rada” nunca pareció correr detrás del éxito. Más bien fue jugando. Como cuando hacía magia de chico en Bahía Blanca. Como cuando actuaba con 12 años en los semáforos, porque le divertía que la gente lo mirara. Como cuando llegó a Buenos Aires con un bolso lleno de trucos y durmió en una pensión espantosa compartiendo baño con desconocidos sin imaginar demasiado qué iba a pasar con su vida.
Aunque hoy pueda dimensionar todo lo que logró, Rada parece negarse a sentir que ya “llegó”. No porque le falte ambición, sino porque siente que la idea de llegar a una meta definitiva le quitaría sentido a todo lo demás. “Si todo en la vida es llegar a un lugar, después ¿qué queda?”, dice en entrevista con Clarín.
Necesita moverse, probar cosas nuevas, asustarse un poco, sentir que todavía está aprendiendo. Y probablemente esa necesidad constante de asombro sea la misma que lo acompaña desde hace treinta y seis años, cuando apareció debajo de un árbol de Navidad una caja de magia que cambiaría para siempre su vida.
Agustín Aristarán se pondrá en la piel de Willy Wonka a partir del 4 de junio, en “Charlie y la fábrica de chocolates”.. Foto PrensaEl artista que encontró su lugar jugando
Nació en Bahía Blanca, en una familia trabajadora. Su papá era comerciante, su mamá fonoaudióloga y él, el menor de dos hermanos. Como sus padres no eran propietarios, pasó gran parte de su infancia mudándose de barrio en barrio. Eso, lejos de afectarlo, le enseñó la facilidad para adaptarse, para observar gente distinta y encontrar rápidamente un lugar propio, algo que hoy sigue teniendo intacto. “Tuve una infancia espectacular. Jugábamos muchísimo en la vereda”, recuerda.
Gran parte de esa infancia transcurrió en la carpintería de su abuelo, escuchando historias alrededor de una salamandra. “Venía el cartero, el ferroviario, uno que había vuelto de Italia en barco… contaban las mismas anécdotas todos los días y a mí me fascinaba”, cuenta.
A los seis años empezó a tocar en la Baby Jazz Band, una banda infantil donde chicos interpretaban jazz tradicional de la década del veinte. Él era baterista y también presentador del grupo. “Aprendíamos música a través del juego y las fábulas”, recuerda sobre Tito, el director de la banda, un hombre que enseñaba desde la fantasía antes que desde la técnica.
Todavía hoy habla del jazz con fascinación. “Escucho y toco un poco. No soy el músico que quisiera ser, pero bueno”, dice con risa humilde, como cada vez que tiene reconocer alguna virtud propia.
Agustín Aristarán trabaja con Mario Pergolini en “Otro día perdido”. Foto: Ariel GrinbergEs algo que se repitió a lo largo de toda la charla. Rada jamás se posiciona desde el talento natural. Para él, todo tiene más que ver con la insistencia. “La perseverancia es mi talento”, asegura. “Soy muy persistente con lo que quiero hacer”.
Quizás por eso nunca dejó de investigar, estudiar y probar herramientas nuevas. Porque el mismo año en que empezó con el jazz, Papá Noel se equivocó de regalo y en lugar de la pista de autos que había pedido, apareció debajo del árbol una caja de magia. “Empecé a jugar a que era mago”, recuerda. Y nunca más dejó de hacerlo.
Miraba todas las tardes un viejo programa llamado Magia y Circo junto a su abuelo. Quizas por eso la orientacion de sus papás por el regalo. Después empezó a investigar solo, compraba trucos por correo, iba a ver magos a una plaza cerca de su casa, practicaba frente al espejo.
Como en Bahía Blanca no había demasiados lugares donde estudiar magia formalmente, empezó a tomar clases en otras disciplinas como teatro, danza, canto, malabares. Entre todas ellas, también pasó por la escuela de circo y humor de Los Boloño, un dúo de hermanos rosarinos integrado por Aldo Villagra y Pablo Tendela.
Agustín “Rada” empezó a hacer magia por un regalo equivocado de Papá Noel. Foto: Ariel GrinbergEn medio de esta entrevista aparece incluso un audio que consiguió Clarín de Tendela recordando la primera vez que vio a Rada: “Cayó al taller con un set de magia y tendría unos 12 años”. Después de que el pequeño Rada les mostrara algunos trucos, ellos lo invitaron a exhibirlos frente al grupo y, entre sí, habían coordinado exagerar la reacción de sorpresa.
“Ellos fueron muy importantes, porque me enseñaron todo lo que era el mundo del arte callejero”, recuerda hoy Rada. Porque más allá de los trucos, con Los Boloño aprendió cómo transformar cualquier esquina en un escenario.
Rada todavía guarda muy presente un momento puntual de esa época. “Después de ese día que actué con ellos, se acercaron a mis viejos y les dijeron: ‘Por favor, denle bola porque este chico se va a dedicar a esto y no tengan miedo, no se va a morir nunca de hambre’”. Años después, el tiempo terminó dándoles la razón.
Mientras tanto, en el colegio, había otra historia desarrollándose en paralelo. Agustín no aprendía igual que los demás chicos. Le costaba leer, concentrarse, seguir ciertas estructuras. Sus padres se preocuparon y lo llevaron a una psicopedagoga.
Después de varias sesiones, la especialista dijo algo que él todavía recuerda palabra por palabra: “Agustín no tiene déficit de atención. Tiene la atención puesta en otro lado”. La frase no solo lo marcó a él, también cambió la manera en que su familia entendió su forma de ser. “En vez de mandarme a medicar, entendieron que yo funcionaba distinto”, cuenta.
Agustín “Rada” fue artista callejero antes del éxito que lo rodea hoy. Foto: Ariel GrinbergTiempo después, esa misma psicopedagoga le sugirió terminar un trabajo práctico con un truco de magia. Lo hizo frente a toda la clase. La profesora quedó fascinada y lo invitó a actuar en una entrega de premios del colegio. “A partir de ahí empecé a trabajar de mago”, dice hoy con 42 años.
Tenía apenas doce cuando empezaron los shows donde hacía magia para distintos eventos. Después llegaron los semáforos con malabares en las esquinas y fuego saliéndole de la boca mientras los autos frenaban apenas unos segundos para mirarlo. “Nunca fue por necesidad económica”, aclara rápido. “En mi casa nunca faltó nada. Lo hacía porque me gustaba y porque necesitaba plata para seguir tomando clases y comprar más trucos”.
La calle terminó siendo una de sus escuelas más importantes. “Hacer espectáculos callejeros te curte muchísimo”, explica. “Tenía que convencer a la gente de quedarse y después lograr que me dejen plata”. Ahí aprendió timing, improvisación, presencia escénica y algo fundamental para cualquier artista: detectar cuándo una persona deja de prestar atención.
“Arriba del escenario siempre me sentí más cómodo que en la vida real”, confiesa. Porque detrás del personaje expansivo y energético que todos conocen, hay alguien bastante más tímido e inseguro de lo que parece.
El bolso lleno de trucos y el salto a Buenos Aires
A los diecinueve años entendió que Bahía Blanca le quedaba chica. Trabajaba mucho como mago y ya era bastante conocido en la ciudad, pero necesitaba moverse. Sus propios padres fueron quienes lo impulsaron. “Me dijeron: ‘En algún momento te tenés que ir porque acá no hay más que esto’”. Entonces armó un bolso con ropa, ahorros que juntó con las fiestas, algunos platos comprados con ayuda familiar y sus trucos de magia.
Llegó a una pensión de Palermo donde dormía junto a otras cinco personas y compartía baño. “No estaba nada buena”, recuerda entre risas.
Su idea era estudiar comedia musical en la escuela de Julio Bocca. Incluso llegó a anotarse, pero nunca empezó las clases. Apenas llegó a Buenos Aires empezó a trabajar como mago y el escenario volvió a cambiarle los planes. Después apareció una casa en Boedo, donde convivía con otros artistas del interior que perseguían distintos sueños. “Fue un año muy feliz”, recuerda. “Entendí muchas cosas viviendo rodeado de artistas”.
Y entonces apareció otra casualidad que cambiaría su vida. La ex bandana Virginia Da Cunha lo vio actuar gracias a Milton Amadeo, amigo suyo desde Bahía Blanca, y decidió presentárselo a Jorge Guinzburg, con quien estaba trabajando.
Ese encuentro lo llevó a su primer gran proyecto: Aguante el circo, en Villa Carlos Paz. Y otra vez la vida pareció acomodar las piezas sola. En esa obra también actuaba Noelia, una violinista que tiempo después se convertiría en la mamá de Bianca, su hija. “No creo en el destino”, insiste. “Pero sí creo que las cosas se van armando”. Y, de alguna manera, toda su historia parece avanzar exactamente así.
Desde entonces no paró nunca más. Teatro, televisión, ficción, música, humor, magia. Durante años fue construyendo una carrera que parecía avanzar en muchas direcciones al mismo tiempo.
Y entonces llegaron las redes sociales. Mucho antes de que existiera la palabra influencer o de que crear contenido fuera visto como un trabajo real, Rada ya entendía intuitivamente cómo conectar con la gente desde una cámara.
Empezó grabando videos caseros junto a Bianca, su hija, y a su novia Fernanda Metilli, humorista y actriz a quien había conocido catorce años atrás durante el piloto de un programa. Entre los tres construyeron escenas delirantes, personajes absurdos y situaciones familiares exageradas que mezclaban actuación, improvisación y una naturalidad que rápidamente conectó con millones de personas.
Cuando el cuerpo le puso un freno
Pero toda esa velocidad también tuvo un costo. Mientras por afuera aparecían las giras, la televisión, las redes explotando y la sensación de que todo pasaba al mismo tiempo, por adentro empezó a vivir otra cosa. “Estaba desorganizado”, admite hoy. Trabajaba sin parar, dormía poco. Hasta que el cuerpo frenó solo.
Rada contó públicamente que sufrió ataques de pánico en uno de los momentos más intensos de su carrera, cuando el trabajo y la exposición empezaron a pasarle factura. Uno de esos episodios ocurrió en plena función de Revuelto, un espectáculo teatral y humorístico en el Tabarís, donde tuvo que bajarse del escenario porque el cuerpo literalmente le pedía que pare.
“Revuelto” fue el espectáculo de comedia, magia y música en vivo de Agustín “Rada” Aristarán con el que recorrió América y Europa. Foto: Instagram Soy RadaAunque intentó volver a salir impulsado por el apoyo del público y esa lógica casi automática del artista de seguir adelante pase lo que pase, no pudo continuar la función.
Después llegaron la terapia, el tratamiento psiquiatrico y una manera mucho más consciente de entender la salud mental y sus propios límites. Igual, no habla de esa etapa desde el arrepentimiento. Al contrario. Cree que incluso los momentos más caóticos terminaron enseñándole algo y ayudándolo a entender cómo quiere vivir hoy.
Hoy mira aquella etapa con más distancia y otra cabeza. Aprendió a organizarse, a poner límites y a entender que el éxito no depende de vivir corriendo detrás de cada oportunidad. “No creo en eso de que el tren pasa una sola vez. Pasa muchas veces”, dice.
Y aunque sigue siendo alguien inquieto por naturaleza, también aprendió a darle valor a los momentos donde simplemente está con su hija, con Fer de viaje o compartiendo un asado sin pensar en el próximo proyecto.
Agustín Rada junto a su hija Bianca y su novia Fer Metilli. Foto: Instagram Soy RadaAunque probablemente jamás deje de crear. Porque si algo define a Rada es que detesta la zona de confort. “Me aburre”, dice sin dudar. Necesita sentir miedo para saber que está vivo. “Me encanta empezar de cero. Ser principiante otra vez”.
Por eso, después de triunfar con la magia y el humor, se metió de lleno en el desafiante mundo del teatro musical. Primero llegó Aladdín, después Matilda, School of Rock, el año pasado Chanta y ahora Wonka.
La carta adolescente a Mario Pergolini y el desafío de convertirse en Willy Wonka
Habla de Willy Wonka con entusiasmo genuino. “Estoy completamente enamorado de la obra. Es gigantesca por donde la mires”, dice. Pero también reconoce el enorme desafío que implica despegarse del personaje que popularizó Johnny Depp. Por eso apareció también la decisión de usar bigotes y construir una identidad más propia.“Wonka puede pasar de la dulzura a la oscuridad en un segundo y mantiene una energía infantil constante. Eso lo vuelve fascinante y dificilísimo”.
Mientras ensaya uno de los proyectos más grandes de su carrera, por las noches comparte la pantalla del Trece con Mario Pergolini. Otra casualidad extraña en una vida llena de coincidencias improbables. Porque cuando tenía diecisiete años le mandó una carta escrita a mano soñando con trabajar con él. Décadas después, Pergolini fue a verlo al teatro y lo invitó a acompañarlo en su regreso a la televisión e incluso le propuso ser el conductor. “La verdad que dudé de volver a la tele. Pero había una parte mía que se acordaba de esa carta”, dice.
Agustin “Rada” y Mario Pergolini en el backstage de Otro día perdido. Foto: Instagram Soy RadaHoy elige definirse como actor. No porque haya dejado la magia, sino porque actuar le permite ser todo al mismo tiempo. “Puedo actuar de mago, de músico, de conductor”, explica. No quiere encerrarse nunca en una sola versión de sí mismo.
Y quizá por eso genera cercanía en la gente. Porque detrás de los premios, la fama, los teatros llenos y las millones de reproducciones, sigue apareciendo el mismo chico de Bahía Blanca que jugaba a sorprender personas. Uno que todavía se maravilla. Uno que todavía agradece.
“Estoy en un momento muy lindo de mi vida”, dice antes de terminar el café. “Muy feliz con mi hija, orgulloso de Bianca, feliz con Fernanda. Tengo a mis viejos vivos, mi hermano, mi sobrino. Está todo perfecto”.
Y lo dice simple. Sin impostar felicidad. Como alguien que entendió que la magia más difícil no es hacer desaparecer cosas. Sino seguir disfrutando el juego incluso cuando el sueño ya se cumplió.



