Otro en mi lugar

Tengo una costumbre: cuando sospecho que estoy por morder la banquina, me pregunto qué haría otro en mi lugar. Por ejemplo, si estoy tentada de pedir un budín con el café, me pregunto qué haría Laura, mi amiga flaca y deportista. Si un vecino viene con algún reclamo sonso, pienso qué haría Marcos Galperin. Si considero declinar un plan porque hace frío, imagino qué me diría Shackleton. Tener presente que no soy la única opción es casi un ejercicio de libertad. Me reconforta pensar que la respuesta puede estar afuera, que cuando el mundo se coagula, algo estoy haciendo mal. “Tras subir a una colina, uno descubre que hay muchas más colinas detrás”, escribió Nelson Mandela. Ese es el asunto al que quiero llegar.
Cuando Sudáfrica estaba al borde de una guerra civil, Mandela recuperó la libertad después de veintisiete años de cárcel. Tenía setenta y un años y, en lugar de vengarse, eligió subir a la colina. Después de estar cerca de la pena de muerte, recibió una condena a cadena perpetua por sabotaje y conspiración para derrocar el régimen del apartheid. Sin embargo, cuando le devolvieron la libertad, su discurso fue conciliador: “Liberar tanto al oprimido como al opresor”, Sudáfrica debía ser un país de todos, sin jerarquías raciales. Mandela, que había visto la crueldad y el desprecio al desnudo, que había estudiado el idioma de sus opresores durante el encierro, insistió en ampliar el mundo. Llamó a abdicar de la violencia y buscar resultados duraderos: terminar con la discriminación racial y habilitar el sufragio universal. Libertad para los negros y seguridad para los blancos fue la premisa que, solo cuatro años después de salir de la cárcel, lo llevó a la presidencia.
¿Qué es lo que hace que alguien como Mandela no consagre sus días a un itinerario de venganzas? Los factores siempre son múltiples; quiero detenerme en uno. “No soy un santo, a menos que piensen en un santo como alguien que no ha dejado de intentar” es una frase con la que se definió Mandela. La clave está en la última parte. Hay personas que se detienen a cuidar lo que consiguieron, que se convierten en su propio tesoro y eso los obliga a lustrar el prestigio cada día. Ya no se trata de lo que buscan sino de lo que tienen. Esa lógica puede sacralizar a algunas personas pero, en mi opinión, tanto lustre los vuelve paradójicamente pequeños. En cambio, para no dejar de buscar hay que —con palabras de Hélène Cixous— tener sin depósito. Es decir, hacer que cada conquista sirva de herramienta y no de tesoro. En 1990, cuando Mandela salió de la cárcel, el apartheid era insostenible en el contexto mundial; sin embargo faltaba mucho para pensar que Sudáfrica era tanto de los blancos como de los negros. Mandela eligió seguir buscando, aun a riesgo de no ser el prócer de los negros que muchos esperaban. Entonces, cuando me quiero vengar o estoy a punto de darme por vencida, pienso en Mandela.


