Perder peso: ¿bendición genética o disciplina?

Algunas personas no logran evitar el aumento de peso ni con dieta ni ejercicio. Para otras, la delgadez es algo natural. Las razones son múltiples.

La mayor parte de la obesidad está determinada por la interacción de numerosos genes: son las llamadas obesidades poligénicas. La genética influye de manera importante en el peso, con un impacto que va del 30 al 70%. Eso significa que en la obesidad habitual, existe una ventana importante de oportunidad para no desarrollarla, aún habiendo heredado la susceptibilidad para ello.

Los estudios con gemelos y algunos realizados en poblaciones especiales muestran que el índice de masa corporal (IMC) tiene una heredabilidad alta. Esto significa que nuestro ADN establece una amplia línea base o “punto de ajuste” para la forma en que nuestro cuerpo responde a la alimentación, a la actividad física y el estrés, entre otras cosas.

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Uno de esos genes, quizás el más estudiado que predispone a la obesidad es el FTO. Influye en el apetito y la ingesta de alimentos. Las personas que lo poseen tienden a presentar un IMC más elevado y un mayor riesgo de obesidad, pueden ganar más peso al seguir dietas ricas en grasas en comparación con aquellas que no lo heredaron.

Pero, ¿qué heredamos para tener más facilidad para engordar? La genética puede influir en el estado de ánimo, como la depresión o el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, que pueden repercutir indirectamente en hábitos de vida.

Puede incidir también en tus preferencias alimentarias y antojos, en tu sensibilidad gustativa al sabor amargo o dulce de los alimentos y condicionar el rechazo o preferencia por las verduras, los dulces o los alimentos ricos en grasas.

Además, condicionar la respuesta de tu cuerpo a los nutrientes, en cómo procesa los carbohidratos, las grasas o las proteínas.

Asimismo, los genes pueden ejercer influencia en cómo manejás el placer. Las diferencias en los genes relacionados con la dopamina pueden hacer que algunas personas sean más propensas a sentir compulsión por alimentos ricos en calorías o azúcar.

Y, aunque no lo creas, tu genética influye en cuánto disfrutás de la actividad física, si los entrenamientos te resultan más difíciles o menos gratificantes, no es necesariamente una cuestión de fuerza de voluntad.

El secreto detrás de la delgadez

Así como existen variados genes específicos que explican el riesgo de desarrollar obesidad, no existe un único gen de la delgadez o un escudo absoluto que garantice que una persona nunca será obesa. La delgadez también tiene un potente componente genético. Se han identificado varios genes candidatos para delgadez.

Uno de ellos es el ALK, un gen que confiere una marcada resistencia a la obesidad, incluso cuando se consume una dieta rica en calorías y grasas. Este efecto parece deberse a su acción sobre las neuronas del hipotálamo, una región del cerebro que interviene en la regulación del gasto energético, y a su papel en limitar la expansión del tejido adiposo, mecanismos que contribuirían a evitar el aumento de peso.

¡No te preocupes! Que seguramente pertenecés a la mayoría, como yo. Porque las personas que mantienen un peso delgado a lo largo de la vida no son más de un 5% del mundo.

También se identificó el papel de GPR75, un gen que produce un receptor de la superficie celular perteneciente a la familia de los receptores acoplados a proteínas G y que interviene en la regulación del peso, especialmente en una región del cerebro vinculada con el hambre y el metabolismo. Las personas que tienen este gen inactivado presentan un menor riesgo de desarrollar obesidad, un índice de masa corporal más bajo y una menor tendencia a aumentar de peso, incluso con dietas ricas en grasas.

En promedio, los portadores de esta mutación pesan unos cinco kilos menos y presentan mayor masa muscular y menos grasa abdominal que quienes tienen una versión funcional del gen. Sin embargo, se trata de una variante poco frecuente: solo una de cada 3.000 personas es portadora.

La inactivación de otro gen, llamado FNIP1, que interviene en el metabolismo y en la forma en que las células detectan y responden a los nutrientes, también parece proteger frente a la obesidad. Sin embargo, esta variante es aún menos frecuente: se encuentra en apenas una de cada 7.000 personas. Sus portadores presentan un perfil metabólico saludable y un riesgo de desarrollar enfermedades cardiometabólicas un 60% menor que el de la población general.

Genética no es destino

Detengámonos nuevamente. No es consuelo, es evidencia científica: genética no es destino. Porque tu peso está determinado, en el peor de los casos hasta un 70% por tus cromosomas. El resto depende de vos.

¿Qué significa? Que tu peso surge de los efectos combinados de muchos pequeños genes interactuando con tu estilo de vida y las influencias ambientales.

Pero describamos ahora lo que nos sucede a la mayoría de las personas, al 95% de la población mundial.

Tu peso es resultado, en gran medida, de tu estilo de vida, es decir, de la suma de hábitos y conductas sobre los que tenés cierto grado de control: qué y cuánto comés, cuánto te movés, cómo gestionás tus emociones sin recurrir a la comida y cómo dormís, entre otros factores.

El peso sube (salvo en aquellas personas con las variantes genéticas privilegiadas que te conté antes) siempre que haya un balance positivo de energía: porque comés mucho o elegís alimentos muy calóricos, te movés poco, manejás mal el estrés, dormís menos de siete horas, tomás medicamentos que favorecen el aumento de peso.

El peso es resultado de una conjunción de genética y hábitos. Foto Shutterstock.

Veamos en qué gastamos calorías los seres humanos. En primer lugar está el metabolismo basal, que representa alrededor del 60% del gasto energético: es la energía que el organismo necesita simplemente para mantenerse vivo, incluso sin moverse. Depende en buena medida de la genética, pero también de factores como la cantidad de masa muscular y la estructura corporal.

Luego está la termogénesis inducida por la dieta, que representa aproximadamente un 10%: es la energía que el organismo utiliza para digerir, absorber y metabolizar los nutrientes de los alimentos. El gasto energético también puede aumentar como respuesta al frío o al estrés.

Por último, está la energía que gastamos mediante la actividad física, que puede representar alrededor del 20% del total. Este componente es especialmente importante para controlar el peso porque, a diferencia de otros, podemos modificarlo en buena medida a través de nuestros hábitos.

Sin embargo, no todos respondemos de la misma manera al ejercicio. Algunas personas obtienen naturalmente mayores beneficios: pueden gastar más energía, perder grasa con mayor facilidad o ganar más masa muscular.

Otras, en cambio, progresan más lentamente, aun realizando las mismas actividades y con un esfuerzo similar. A pesar de esas diferencias, la actividad física sigue siendo una de las herramientas más poderosas para contrarrestar la predisposición genética y, sobre todo, favorecer la salud general.

Cómo el entorno remodela tu genética

La epigenética es el estudio de los cambios que pueden heredarse sin modificar el ADN (es decir, tus cromosomas), sino las proteínas alrededor de las cuales se enrolla el ADN.

Entre los factores que pueden producir estos cambios está la nutrición durante el embarazo y la infancia, que puede condicionar el metabolismo para toda la vida mediante mecanismos epigenéticos.

Más adelante, la alimentación, el ejercicio, el descanso, el sueño, el estrés, la felicidad y el optimismo también pueden influir favorablemente no solo en tu peso, sino también en la expresión de tus genes durante la edad adulta.

¿Bendición metabólica o disciplina? Bueno, si de fábrica te tocó una buena genética, claro que es una bendición. Pero, si no fuera el caso, quizás puedas decidir pedir ayuda y, de a poco y progresivamente, cambiar tu estilo de vida para vivir en un cuerpo cómodo y sano, y lograr que el tiempo pase con una excelente calidad de vida y sin enfermedades crónicas.

Al final, todo depende de tus deseos… pero ¿sabés realmente qué querés?

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