¿Pato cojo o pato rabioso?

Afortunadamente no lo viví en carne propia, pero lo hemos visto todos en las películas. El niño pequeño que acaba de sufrir un trauma familiar y se refugia en la fantasía. No habla de lo que pasó. Juega intensamente con sus ositos. O al Lego.

Donald Trump reaccionó como ese niño el día después de la humillación electoral que acababan de sufrir él y su partido republicano en las famosas “midterms”. Reunido con un grupo de periodistas para mostrarles el vasto salón de baile que está construyendo en la Casa Blanca, de lo que menos quiso hablar fue de política.

“El mármol es un mármol realmente magnífico,” explicó. “Es una vena que la gente ha estado buscando durante 50 años y el dueño de la cantera no lo quería vender, pero le caí bien.” Trump luego llamó la atención de los periodistas a otra reforma que ha puesto en marcha en la casa presidencial. “¿Han visto el nuevo helipuerto desde arriba, lo lindo que es?”

Era Nerón tocando la lira mientras Roma ardía.

La cuestión ahora, la gran cuestión, es si Trump seguirá perdido en su mundo infantil durante los dos años y pico que le quedan en la presidencia o si reaccionará con su no inhabitual furia vengativa. Si será un pato cojo o un pato rabioso.

La respuesta afectará menos a Estados Unidos que al resto del mundo. Ahora que el Congreso de Estado Unidos ha dejado de ser un organismo castrado y el control de ambas cámaras ha pasado a la oposición demócrata las opciones de Trump en política interna se verán más coartadas. Pero en política internacional la Constitución le otorga una capacidad de acción que casi no tiene límites. Recuerden que el inicio de la guerra en Irán pilló al Congreso igual de desprevenido que a los lectores de este diario.

A sus poderes constitucionales se le suma otra ventaja. Al estadounidense medio le da un carajo que pasa fuera de sus fronteras. Las encuestas de esta semana demostraron que la política internacional de Trump fue un elemento decisivo para nada más que el cuatro por ciento del electorado.

Nada nuevo. Llevo años repitiendo que las elecciones presidenciales en Estados Unidos solo serán auténticamente democráticas el día en que todos los ciudadanos del mundo puedan votar en ellas. La influencia del presidente de la superpotencia imperial en las vidas de los extranjeros es igual o mayor que en las de sus compatriotas.

Fíjense: la decisión de Trump de aliarse con Israel para bombardear Irán cobró peso con los votantes no por el sufrimiento causado a personas de carne y hueso en Irán o en la región del Golfo sino por el impacto que tuvo en la subida de los precios del diésel, de los Doritos y del coste de la vida en general.

Podemos ir más lejos. Yo reacciono con menos júbilo que otros a la debacle electoral que sufrió Trump esta semana al reflexionar que el principal motivo que dieron los votantes del país más rico del mundo para repudiarle fue que su economía personal sufría. Si la inflación en EEUU estuviese un poco más bajo control se supone que la mayoría hubiera seguido apoyando al bufón criminal por el que votaron por segunda vez en 2024, incluso después de que hubiera intentado robar las elecciones de 2020 y evitar la transferencia pacífica del poder cuando incitó a una horda a invadir el Capitolio.

¿Los resultados de los “midterms” fueron “la victoria para la democracia” que tantos celebran? Seamos generosos y digamos que en parte sí. Pero ante todo lo que confirmaron fue que en EEUU todos los caminos conducen al dinero, en lo que consiste, marginando todo lo demás, aquella “búsqueda de la felicidad” que pregona como principio fundacional de la república la declaración de independencia de 1776.

La felicidad, claro está, de los estadounidenses. Salvo a ese honroso-por no decir aberrante- cuatro por ciento, a pocos les importa que Trump haya eliminado miles de millones de dólares en ayuda internacional, condenando a la muerte por enfermedades curables a incontables africanos. Poco les importa que Trump haya dado luz verde a su aliado de guerra Netanyahu a masacrar niños palestinos como si fueran hormigas. Poco les importa que su presidente se alíe con Rusia en la guerra de Ucrania, o que cientos de miles hayan muerto por el capricho de un tirano con el que mantiene relaciones más cálidas que con cualquier otro líder internacional.

Poco les importa la guerra comercial que Trump ha iniciado contra Canadá, o que haya propuesto integrar al país vecino como estado número 51 de EEUU. Y, ya que estamos, poco le importará al propio Trump si China invade Taiwán. Poco les importará todo esto, ahora que lo pienso, a muchos argentinos. Pero sí les podría importar, y mucho, si Milei pierde las elecciones del año que viene y le reemplaza un régimen menos del agrado de Trump.

Entonces, la respuesta a la gran pregunta ¿cuál es? Me temo que no hay mucho motivo para el optimismo. Como mínimo, se seguirá abandonando a Ucrania a su suerte en la guerra que está librando en nombre de Europa y el mundo en defensa de la democracia. ¿Por qué lo pienso? Por la primera pista que nos ha dado Trump desde su debacle electoral: nombrar a Stephen Miller como su nuevo jefe de gabinete.

Miller es lo más cercano que posee Trump a un cerebro ideológico. Es el extremista más fanático dentro de la corte del rey naranja. Racista como él solo en política migratoria, venera a Putin y odia a Zelenski, el presidente de Ucrania. Miller mantiene que la invasión rusa no fue culpa de Putin sino de Joseph Biden. Miller describió aquella vez que Trump humilló a Zelenski en la Casa Blanca como “uno de los grandes momentos de la historia de la diplomacia americana”.

Mientras Ucrania tiembla, muchos celebran “el principio del fin” de la era Trump. No. Más bien, citando a Churchill, es el fin del principio. Eso lo dijo en noviembre de 1942. Aún quedaban más de dos años de horror.

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