Pacifica Quartet, en el Colón: la música de cámara todavía es una de las formas más intensas de pensar con el oído

Hay programas de música de cámara que son un paseo estético y hay otros que funcionan como una travesía espiritual. El que presentó el Pacifica Quartet en su debut en el Teatro Colón, para el Mozarteum Argentino, perteneció a la segunda categoría. Mendelssohn, Ligeti y Beethoven no aparecieron como tres estaciones de una cronología, sino como tres maneras de responder a una misma pregunta: ¿qué puede hacer un compositor con un motivo mínimo?

El concierto comenzó con el Cuarteto n.º 2, op. 13, escrito por Mendelssohn a los dieciocho años, poco después de la muerte de Beethoven. Desde sus primeros compases, la obra parece formular una pregunta antes de ponerse en movimiento. La breve introducción lenta, casi declamatoria, antes de desembocar en el Allegro vivace, fue como una carta de presentación de la calidad sonora excepcional del ensamble: sumamente cálido, noble y profundamente cantabile. Los cuatro músicos -Simin Ganatra y Austin Hartman, violines; Mark Holloway, viola; Brandon Vamos, violonchelo- se fundieron en una única respiración, con un sonido que por momentos parecía suspender el aire de la sala.

En esas pocas frases iniciales ya estaba contenido algo esencial del concierto: la capacidad de convertir una idea mínima en una experiencia sonora de gran intensidad. Un pequeño motivo adquiere una extraordinaria capacidad generadora. El cuarteto encontró el equilibrio entre la luminosidad melódica de Mendelssohn y la rigurosa arquitectura que sostiene esa aparente espontaneidad a lo largo de los cuatro movimientos de la obra.

A continuación, Ligeti fue como un salto al vacío. Métamorphoses nocturnes, escrita en 1953-54 en un único movimiento ininterrumpido, con numerosas secciones más pequeñas, pertenece a la etapa húngara del compositor dominada por el régimen soviético. Aunque conserva una relación con Bartók, la obra ya anuncia una concepción radicalmente distinta del sonido. Por eso nunca pudo estrenarse en Hungría, su propuesta estética no respondía a los criterios oficiales y quedó esperando el contexto propicio.

Es fascinante advertir que la metamorfosis no ocurre solo en la música, también en nuestro modo de escuchar. Después del gran lirismo romántico de Mendelssohn, el oído se reacomoda a un universo acústico áspero, fragmentado y en permanente transformación.

Un pequeño núcleo interválico también es el motor del avance en la obra: reaparece transformado en ritmo, registro, articulación y color hasta que la identidad inicial parece desvanecerse.

Pacifica Quartet, la importancia de cuatro músicos que se escuchan entre sí. Foto: Liliana Morsia/Mozarteum Argentino

La metamorfosis del cuarteto

Lejos escucharse como una colección de efectos tímbricos, Pacifica Quartet hizo una auténtica metamorfosis. Los sul ponticello (frotar la cuerdad), los pizzicati (pellizcarla), los ataques secos y los cambios abruptos de densidad hicieron que los instrumentos dejaran momentáneamente de comportarse como voces para convertirse en una materia sonora orgánica. El ensamble demostró un virtuosismo que no consiste únicamente en precisión: consiste en hacer audible el instante exacto en que una cosa se convierte en otra, sin perder control y equilibrio, aun en los contrastes más explosivos y disruptivos.

Y cuando esa materia sonora parece encontrar finalmente una forma reconocible, aparece un vals en el centro de la obra. Ligeti recupera la memoria de una danza familiar -su impulso ternario, su gesto circular- sólo para hacerla tambalear. El cuarteto capturó con precisión la ironía y el humor de este pasaje. El vals conserva la memoria del movimiento, pero sin su estabilidad.

El Cuarteto op. 130, con la Gran Fuga como cierre, llevó el programa hacia otro territorio. En sus reflexiones sobre el estilo tardío, Theodor W. Adorno encontró en Beethoven una música que ya no intenta reconciliar sus contradicciones, sino exponerlas. La interpretación del ensamble asumió precisamente esa dimensión.

La Cavatina, quinto movimiento del Op. 130, dejó la sala suspendida: una música de una intimidad y expresividad tan concentrada que el tiempo parece detenerse. Y luego, sin transición, Beethoven nos conduce hacia la abstracción y la violencia contrapuntística de la Gran Fuga. La recepción inicial de esta música no fue buena en su época y el compositor concluyó que lo había escrito para una generación futura. Sin embargo, Beethoven concedió a su editor escribir un final alternativo, que anula el contraste extremo que había pensado originalmente. La inclusión del final original del Op. 130 no fue, entonces, una decisión arqueológica, sino una elección estética: recuperar la brutalidad de esa oposición.

Pacifica Quartet ofreció momentos de una belleza sublime, en su concierto en el Colón. Foto: Lisa-Marie Mazzucco.

Los cuatro músicos afrontaron la Gran Fuga con una articulación feroz y una precisión que nunca convirtió el contrapunto en ejercicio académico. Cada línea mantuvo su individualidad y, al mismo tiempo, formó parte de un organismo mayor. Allí apareció el verdadero virtuosismo del cuarteto: no tocar juntos, sino escucharse hasta el punto de que cuatro individualidades produzcan una sola inteligencia musical. Por fortuna, no hubo aplausos que interrumpieran la continuidad entre los movimientos y el cuarteto pudo desplegar la arquitectura emocional de la obra de punta a punta, en particular la energía y tensión del arco que conduce desde la intimidad suspendida de la Cavatina hasta el vértigo contrapuntístico de la Gran Fuga. El contraste, llevado sin interrupciones, hizo todavía más evidente la radicalidad del pensamiento tardío de Beethoven.

Y quizá esa haya sido la experiencia más poderosa del Pacifica Quartet en el Colón: no simplemente interpretar grandes obras, sino hacer audible el pensamiento que las sostiene. Los intérpretes demostraron que la música de cámara puede ser, todavía, una de las formas más intensas de pensar con el oído.

Ante las intensas ovaciones, el ensamble ofreció como bis el movimiento lento del Cuarteto n.º 12, op. 96, de Antonín Dvořáky, un último gesto de lirismo que cerró una noche memorable.

Ficha

74°Temporada Mozarteum Argentino, cuarta función

Pacifica Quartet: Simin Ganatra, violín; Austin Hartman, violín; Mark Holloway, viola; Brandon Vamos, violonchelo Programa: Felix Mendelssohn, Cuarteto para cuerdas n.º 2 en la menor, op. 13; György Ligeti, Cuarteto para cuerdas n.º 1 «Métamorphoses nocturnes» (1954); Ludwig van Beethoven, Cuarteto para cuerdas n.º 13 en si bemol mayor, op. 130, Gran fuga (op. 133) Función: 10 de agosto Lugar: Teatro Colón

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