Otra vez las piedras contra la ley
Una vez más, como tantas veces, las piedras volando, las baldosas rotas para lanzarlas como proyectiles, rayos de iracundia, los fuegos insensatos. Un sujeto disparó un lanzallamas, versión rediviva del “Gordo Mortero“, aquel que había armado un arma como una catapulta cuando los bárbaros lanzaban catorce toneladas de piedras y querían, entonces como ahora, incendiarlo todo.
Hogueras en los contenedores, cataratas consignistas —”la patria no se vende”—, y en el Senado los senadores debatiendo, circunvalados por estallidos que no llevan a ninguna parte.
¿Dónde nace la vocación violenta frente al debate de toda ley relevante en la Argentina?
El síntoma es elocuente. Frente a la ley, la lapidación de la ley. Frente a la negociación, la irrupción de la furia y de los encapuchados.
No se trata de esta ley en particular, sino de una reiterada y violentísima liturgia.
Cada vez que el Congreso discute algo que importa, se repite el mismo rito con losmismos oficiantes.
La reforma previsional de 2017 y sus 14 toneladas de piedra se yerguen como gigantesco antecedente.
Cada sesión caliente con su vanguardia de capuchas frenéticas. La escenografía se monta antes de conocer el articulado.
Podría debatirse la ley contraria y las piedras volarían igual. Porque el blanco no es el contenido de la ley. Es el hecho mismo de que se legisle.
Una piedra, mil y una piedras, todas las piedras. La piedra es el arma anterior a la palabra.
Marcha frente al Congreso contra del proyecto “Ley de Inviolabilidad Propiedad Privada” Foto: Tomás Cuesta La lapidación es el castigo más antiguo del repertorio humano. No requiere juicio, ni prueba, ni verdugo individual. Solo es necesaria la turba.
La civilización política nació cuando la asamblea reemplazó a la pedrada, cuando el ágora desplazó al proyectil.
La democracia es el consenso de discutir sin piedras.
Cada baldosa rota frente al Congreso es un retroceso de 25 siglos.
El ciudadano da la cara porque da razones. Vota a rostro descubierto, firma sus petitorios, marcha con su nombre.
El encapuchado no da razones, arroja piedrazos. Rompe lo que otros construyeron. Los otros son nadificados. ¡Que los otros paguen lo que nosotros rompemos!
Solo es legítima la tribu agresora. La capucha es una declaración. Anuncia que su portador no viene a persuadir, porque persuadir exige un rostro que responda por sus palabras. El anonimato es la condición de la impunidad, y la impunidad es la condición de la piedra.
La consigna cumple la misma función que la capucha, pero en el lenguaje. Y también, hay capuchas a cara descubierta. Sin máscara física se encubren igual los violentos en sus ideologismos que enmascaran la raigal voluntad de destruir.
“La patria no se vende” no es un argumento. Es un eslogan. Es un conjuro. No se dirige a la razón del otro sino a la emoción de la propia tribu.
Marcha frente al Congreso Foto: Tomás Cuesta Es la excitación y la pregnancia de esa carga que esos salvajismos irradian y contagian sin pasar por ningún razonamiento. La consigna es vacío inflamable y puro, y por eso contagia y no convence, incendia y no ilumina.
La turba consignista argentina es la militancia de la nada. Ni vence ni convence. Solo quema contenedores.
Y sin embargo el rito se repite. La violencia recurrente no busca modificar la ley sino exhibir que la ley no importa, que existe un poder previo y superior al Congreso —la calle apropiada por sus fracciones más agresivas— con capacidad de veto sobre toda deliberación. Es la vieja voluntad del minoritario poder destituyente. Es la minoría intensa que se arroga la representación del pueblo justo cuando los representantes del pueblo, votados por millones, están sentados votando.
Un sector de la cultura política argentina no concibe la ley como resultado de la deliberación sino como imposición del enemigo. Si la ley es del enemigo, no se la discute. Se la lapida. Ya no se pregunta si la ley es buena o mala, justa o injusta, mejorable o si cabe vetarla por las vías que la Constitución ofrece en abundancia.
Pocos leen la letra literal de la ley, pero muchos indagan únicamente de quién es la autoría de la ley. Y si la propuso el “enemigo”, se responde con la piedra, que es la forma más antigua de decir “esto es mío”.
Las vías existen, y sobran: marchar pacíficamente, judicializar, ganar elecciones, derogar. Todas exigen lo que la piedra evita: paciencia, argumento, rostro.
Al final de cada jornada de furia, la ley se vota o no se vota por la aritmética de las bancas, nunca por la balística de las baldosas.
La violencia no incide. Pero incide. Condiciona y hiere. Se exhibe.
La piedra bruta es anterior al verbo. La democracia fue el trabajoso invento de posponerla. Con regularidad y frente al Congreso, la Argentina ensaya el camino inverso y vuelve a su física dinámica, agresora y mineral. Quien lanza la piedra cree impugnar una ley. Impugna otra cosa y por eso el piedrazo es gravísimo. Refuta el acuerdo de no lapidarnos, que es el único contrato que nos contiene a todos.
Frente a la ley, la lapidación. Pero la lapidación también legisla. Impone la ley de la selva y la locura.



