Murió Gelblung, el dueño del “estilo Chiche”, una marca registrada dentro del periodismo de todos los tiempos

Las nuevas generaciones lo tenían como un personaje pintoresco y replicado en memes y stickers dentro de sus celulares. Era, para ellos, los más jóvenes, un tipo grande sin filtro, casi rozando lo bizarro. Lo tenían como el disparador de frases inesperadas, descontracturadas, dueño de un periodismo poco ortodoxo. Pero los que somos más grandes y tuvimos el privilegio de entrevistarlo o, ni más menos, verlo trabajar, sabemos que Chiche Gelblung, que murió este miércoles a los 82 años, era uno de los escultores del periodismo que iba hasta el fondo. Sí, es cierto, no tenía filtro, y con los años fue ganando impunidad frente a cámaras, pero jamás se le apagó la llama del oficio. Jamás.

Chiche era capaz de contar un hecho con rigurosidad pero sin solemnidad y también, cuando lo ameritaba, le aportaba como un aura de magia que convertía lo posible en verosímil. Y a uno le quedaba la duda, pero si lo decía Chiche por algo era.

Alguna vez, hace más de 40 años, se definió en una entrevista de una revista que ya no existe, como “un atorrantón serio”.

La búsqueda del impacto lo seducía, pero se las ingeniaba para rodear ese nocaut informativo con data precisa. Sabía ir al nudo del efecto: “Sé que hay muchos prejuicios sobre mi estilo, pero el periodismo no tiene manual. Cada uno arma el suyo. Y yo construí el mío“.

Y el suyo era efectivo, periodístico y también cuestionable desde cierto punto, porque más de una vez quedó en la delicada cornisa de la puesta en escena de un hecho. Que es algo que difiere bastante de saber pararse frente a la noticia, frente a la verdad. Entonces, respetando su estilo, podría decirse que se paraba donde muchos no lo hacían, muy tentado siempre por la recreación. Y era en esa reconstrucción de lo que ya pasó, y no está, donde solía construir su propio relato.

Lejos del blanco y negro, fue pincelado con el amarillo demoledor por muchos de sus detractores. No es que el color sea el punto, sino la representación del matiz morboso de los hechos. A él eso -eso tampoco- no le quitaba el sueño. “Que digan lo que quieran, el periodismo es el camino para contar lo que está pasando, lo que puede llegar a pasar y lo que pasó. Y con lo que pasó queda como única opción representarlo del modo más claro posible”, le dijo a esta cronista en una entrega de premios de 1997.

En un etapa de gráfica era el maestro de ese recurso de “fui tal cosa por un día” y entonces en la Editorial Atlántida se hilvanaban los relatos propios y ajenos de fui mozo, fui taxista, fui basurero, fui acomodador. Y así pasaba un cronista 24 horas viviendo otra vida, con un fotógrafo de testigo. Era un convencido de que las cosas, siempre que se pudiera, se contaban desde adentro.

Chiche sabía informar, por supuesto, pero lo suyo pasaba más por el saber relatar. Quienes formaron parte de sus viejas tertulias cafeteras de los cierres de papel de las viejas redacciones coinciden -vengan de la escuela que vengan- que de un datito hacía una anécdota memorable. Como aquel día que fue a cubrir las consecuencias de una prueba nuclear y al llegar a orillas del Pacífico descubrió que la marea que se había llevado la prueba: miles de peces muertos.

Dicen que miró el suelo, pensó un minuto, preguntó dónde quedaba la pescadería más cercana y pobló la zona con los pescados recién comprados. No eran los afectados, eran otros, pero Chiche resolvió “a lo Chiche”.

Y su mejor argumento, su sello de autor que sigue circulando en redacciones y lo implementó como lección para los redactores a su cargo, fue “que la realidad no te estropee una buena nota”. De boca en boca, el verbo ha mutado a “arruinó”, a “manchó”, pero el concepto es el mismo.

Y la realidad es que Chiche murió y vaya uno a saber si las notas serán buenas o no, pero la noticia indiscutiblemente sí es mala.

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