Cómo Jorge Hampton y Diana Cabeza transformaron Palermo Viejo, en el íntimo relato de su hijo Julián Hampton

El viernes 22 de Mayo despedimos a mi padre, el arquitecto Jorge Hampton, en el Cementerio Británico de Chacarita. Casi como si estuviera previamente acordado, ese día se cumplían exactamente 2 años de la partida de mi madre, la diseñadora Diana Cabeza, en 2024.
Ellos fueron un matrimonio del diseño argentino. Y como todo aquel que nos deja, encontrarán su manera de persistir. Seguirán presentes en los recuerdos de sus hijos y sus nietos, en las historias de sus hermanos de sangre y del alma, en los debates en foros profesionales como la Academia Nacional de Bellas Artes, en el trazo y gestos de sus alumnos, y en los programas de las facultades de arquitectura, diseño y urbanismo en los que sus colegas, generosamente, los han incluido.
Pero, sobre todo, ellos están en las cosas. Y este hecho los ubica más allá de la capacidad o voluntad de los hombres de recordar, esquivando así el olvido.
Están en la Ciudad de Buenos Aires. Bancos, asientos y macetas de Estudio Cabeza equipan incontables plazas y veredas. Equipan las estaciones de Retiro y Constitución, están en Aeroparque, en museos, paseos, universidades, shoppings, lobbys de edificios y hoteles. Están en aquel inolvidable recuerdo de las paradas de Metrobus de la 9 de Julio sosteniendo a decenas de miles de personas en los festejos del mundial. Es difícil caminar más de 5 cuadras en el centro porteño sin cruzar la obra de Diana. Es casi ineludible.
Ellos están en Palermo Viejo. Ese barrio que contribuyeron a refundar. Hampton-Rivoira Arquitectos construyó alrededor de veinte obras en Palermo Viejo a lo largo de los últimos 40 años, entre las que se encuentran la Plaza Serrano y el mítico Bar el Taller. Pasaron las décadas y pasó de ser un barrio de talleres y galpones a lo que todos conocemos hoy. Jorge una vez me dijo que todas esas obras, juntas, eran en realidad una sola cosa. Ahí está también la historia de una generación que fue contracultura arquitectónica y se coló, con el tiempo, al canon.
Y están en la casa del Pasaje Santa Rosa. Su obra definitiva y la casa en la que yo crecí. Ahí pasaron 30 años soñando juntos, diseñando lo que soñaban y construyendo lo que diseñaban. Una casa que estuvo constantemente en obra –siempre había algo para agregar o modificar– y que fue, en ese tiempo, varias casas. Con una atención al detalle poco común, y equipada con elementos únicos, irrepetibles, pensados específicamente para ese uso en ese lugar, fue reconocida con el Premio Década en 2004. Ahí es donde se dio la mejor sinergia entre lo edilicio de Jorge y lo mobiliario de Diana, y adonde mejor se difuminaron los límites entre quién hacía qué. Mirándola hoy me sigo preguntando: ¿cómo se le pueden encontrar tantas posibilidades a un único espacio?
Jorge y Diana llevaron una vida original. Ambos desarrollaron un estilo propio. Geólogos y antropólogos aficionados, tuve la suerte de acompañarlos en numerosos viajes rastreando las arquitecturas vernáculas de Argentina y encontrando morfologías en la naturaleza, camuflados de vacaciones familiares. Desarrollaron una mirada y una manera particular de ejercer la profesión. Y también, producto de esa originalidad, desarrollaron escuela, continuadores y discípulos, cada uno en su campo.
Paradójicamente, por su marco teórico e idiosincrasia de diseño, renegaron de las nociones de genio y de originalidad. Ellos creían que el producto tenía que responder menos a la expresión del autor y más a la necesidad del contexto o la situación. Como si el propósito del objeto no fuera destacar sino fundirse en el espacio. Pero, a mi entender, en ese único respecto fracasaron. Fueron autores en el sentido más verdadero, que es la capacidad de producir obra con cualidades tan reconocibles que hacen difícil ignorar quién la hizo. No lograron bajarle el brillo a su propio talento.
Fueron profundamente complementarios. Creatividad y disciplina. La exigencia y método de ella lo ayudaron a él a ordenarse. La ligereza y optimismo radical de él la ayudaron a ella a desatar su talento bruto. No es casualidad que lo mejor de la obra de cada uno la hayan hecho con el otro al lado.
Su último sueño conjunto fue voluntarioso hasta el límite de la obstinación. Instalaron en casa una plataforma de madera al final de una escalera de caracol de tres pisos en exterior, difícil de subir incluso para mí. Un observatorio de estrellas en el medio de Palermo Viejo.
Ambos fueron irremediablemente ellos mismos. Y ambos se fueron como vivieron. Mi mamá aferrándose a la vida, rehusándose a aceptar el destino inevitable que tienen las enfermedades terminales. Mi papá disfrutando hasta el último día como si fuera un día cualquiera, como quien confía en que no se va a morir nunca –o acepta que la muerte no es más que otra aventura–.
Dejaron dos libros inconclusos, el último proyecto de cada uno. Libros sobre su mirada, proceso y obra, que haremos ver la luz y servirán como testamento de todo lo que hicieron.
Fueron personas inolvidables. Y fueron, también, excelentes padres. Parece casi un equilibrio justo que el precio de tener semejantes padres fuera que duraran un poquito menos.
Ahora se reencuentran, listos para emprender juntos un último viaje. Y yo me quedo aquí, entre sus cosas, tratando de subir esa escalera de caracol.



