a Cazzu, a Diego Peretti y fantasía para ser una película poética

Risa y la cabina del viento, filmada íntegramente en Tierra del Fuego, principalmente en Ushuaia, ofrece suficientes elementos como para prestarle su debida atención. Y esto va más allá del debut de Cazzu en el cine, y que cuente en su elenco a Diego Peretti, Joaquín Furriel y Gustavo Garzón.

Su director, Juan Cabral, que es un reconocido realizador de publicidad galardonado internacionalmente, junto a su coguionista Pablo Minces, de extensa carrera como creativo publicitario (llegó al Inter Miami de Messi como VP de brand & marketing), se inspiró en el “Teléfono del viento” para crear esta historia propia.

Así, el “Teléfono del viento”, que es una cabina telefónica desconectada en Ōtsuchi, Japón, desde 2010 y “permite” a las personas hablar con seres queridos fallecidos (especialmente tras el tsunami ocurrido en 2011) fue trasladado al barrio 245 Viviendas, en Ushuaia.

Una fila que podrá ser corta o extensa, dependiendo de la hora del día, aguarda a la intemperie el momento de levantar el tubo del teléfono en la cabina. Risa (la debutante Elena Romero) quisiera hacerlo, pero según Sara, su madre (Cazzu), es un sinsentido.

Es que hubo un incendio hace unos años, donde murieron más de cien personas, y lo único que quedó allí, en pie milagrosamente, fue esa cabina. El papá de Risa falleció en su intento de ayudar a las víctimas.

La situación no es fácil para Sara. Sobreviven como pueden -la crisis económica golpea a todo el mundo- y la madre debe salir a buscar trabajo, por lo que deja a Risa a cuidado de un vecino, Esteban (Diego Peretti).

La cara de hastío de la pequeña cuando se entera lo dice todo. Es que Esteban es un hombre bueno, de eso no hay dudas -y se ratificará a lo largo de la película-, pero entre lo que bebe a escondidas, lo desaliñado que está, con sus ojotas en pleno invierno, no le inspira demasiada confianza a Risa (el nombre se lo puso su papá).

Pero claro, con alguna pequeña ayudita (tres botellitas de bebida alcohólica), Risa logra salir del hogar y levantar el teléfono para hablar con su padre.

Si lo consigue o no, eso hay que verlo.

Risa y la cabina del viento es un filme con un vuelo poético se diría que poco común, inusitado en el más reciente cine argentino. No hay palabras que sobren -lo que no quiere decir que no haya palabras: la película no se parece en nada al Nuevo cine argentino que a comienzos de este siglo también supo tener cierto lirismo-.

Y las actuaciones son todas justas, precisas, comenzando por la de la niña Elena Romero, pura expresión. Peretti tiene mayor peso por lo que es su personaje, y lo que está en pantalla, en tanto lo de Garzón y Furriel son participaciones especiales.

Otra agradable sorpresa es Cazzu, en un rol que no es precisamente sencillo. Ayudada o no por la edición o por la desenvoltura que le da la cantidad de videos musicales que ha grabado, cuando está en la pantalla está lejos de desentonar y logra un primer papel protagónico asombroso.

“Risa y la cabina del viento”

Drama / Fantasía. Argentina, 2025. 97’. De: Juan Cabral. Con: Elena Romero, Diego Peretti, Cazzu, Gustavo Garzón, Joaquín Furriel. Salas: Cinemark Palermo, Abasto y Unicenter, Cinépolis Recoleta, Avellaneda y Pilar, Showcase Belgrano, Norcenter, Haedo, Quilmes y Rosario.

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