Akiko Suwanai brilló en el Teatro Colón con un recital de virtuosismo y sensibilidad

Como celebración musical de los 140 años de relación entre Argentina y Japón, la embajada de ese país en nuestro territorio propició el regreso de Akiko Suwanai, destacada violinista de esa nacionalidad, para un recital el viernes por la tarde junto a Ryo Yanagitani y en la sala principal del Teatro Colón.
Tal como relató a Clarín hace unos días, la violinista se formó en la escuela rusa, pero sus influencias artísticas, culturales y humanas hicieron de ella una intérprete ecléctica y versátil. El programa elegido, compacto y a la vez difícil, abarcó así poco más de cien años de música, pero al mismo tiempo diversos lenguajes y desafíos.
En el comienzo, Suwanai y Yanagitani brindaron una de las primeras creaciones de Beethoven para esta combinación: su Sonata en mi bemol mayor op. 12 nº 3, de 1797. Lejos de ser un comienzo tibio, fue una entrada triunfal en la que los artistas se pasearon con gran soltura por un lenguaje que, más allá de su transparencia y de lo mucho que debe a Mozart y Haydn, no deja de presentar dificultades que ya prefiguran al creador más maduro (es sabido que las demandas musicales y técnicas de Beethoven muchas veces excedían los recursos disponibles).
Suwanai posee un sonido robusto y a la vez brillante, y un fraseo decidido detrás del cual se puede entrever una musicalidad a toda prueba; Yanagitani, por su parte, es un pianista excelente que conoce a la perfección el arte de la música de cámara.
El centro de gravedad del programa estuvo en la famosa Sonata en la mayor de César Franck, ofrecida por el compositor franco-belga como regalo a uno de los mayores virtuosos de la historia, su compatriota Eugène Ysaÿe: el dedicatario la recibió la mañana de su casamiento, y, tras aprenderla a toda velocidad, la interpretó ese mismo día junto a la pianista Marie-Léontine Bordes-Pène.
Meses después, la primera audición pública de esta sonata culminó de manera inesperada: por tratarse de un museo y no estar permitida la luz artificial, a medida que la luminosidad fue cayendo Ysaÿe y Bordes-Pène tuvieron que terminar el concierto a oscuras, y tocando –por obvias razones– de memoria.
La estructura cíclica de la obra (en la que el mismo material temático regresa una y otra vez bajo diferentes aspectos), la belleza irresistible de sus melodías, la pasión que irradia y la diversidad de climas que logra dentro de la unidad hacen de esta sonata una de las creaciones más famosas de Franck y una de las preferidas por los intérpretes.
La versión del dúo de Suwanai y Yanagitani puso de relieve todos sus climas, desde la elegancia y melancolía del Allegretto ben moderato con el que se inicia hasta la pasión desenfrenada del Allegro que le sigue, en el que el registro grave del violín parece querer abrirse paso entre las oleadas de notas del piano, o la transparencia casi neoclásica del Allegretto poco mosso final que se va transformando en un grandioso cierre.
Para una virtuosa de la categoría de Suwanai no podía faltar una obra pirotécnica: la Introducción y tarantella op. 43 de Pablo de Sarasate, que el distendido y receptivo público (en su mayoría no habitué de los conciertos, a juzgar por la lluvia de aplausos que no faltó en ninguna pausa entre movimientos) festejó grandemente.
El bis, la célebre Schön Rosmarin de Fritz Kreisler, fue un cierre excepcional: tanto la violinista como el pianista, quien anunció la pieza con unas simpáticas y agradecidas palabras, mostraron que hasta la más ligera partitura puede ser tocada con un fraseo exquisito, como quien talla una miniatura con iguales dosis de delicadeza y amor.
Akiko Suwanai, violín, y Ryo Yanagitani, piano.



