Porqué querremos tanto a Julio

Hay supuestas verdades de Perogrullo. Pero lo cierto es que siempre viene bien que te las recuerden. Por ejemplo, la que reza que lo que más importa son las experiencias.

Mi hija Vera me recuerda cada todos los días alguna experiencia de mi infancia. Hace poco me llevó hasta los 5 o 6 años. Mis padres y yo recorriendo media ciudad en un Renault 4 verde un poco destartalado, parando en cada juguetería que veíamos, porque yo quería un títere de regalo de cumpleaños y en ninguna aparecía. Lo encontramos. Aún lo tengo. Pero lo primero que me viene a la mente y se queda es la búsqueda, acompañada por ellos.

Bueno, hace unos días murió Julio Le Parc, a los 97 años. Pienso en lo que nos dejó y, como no paró de crear hasta el final, en lo que nos perderemos. Están sus obras. Y sus obras son eso: oportunidades de experiencias nuevas. Luces. Infinitos espejos. La confirmación de que las cosas pueden ser de otras maneras.

A Le Parc se lo conoce bien por Esfera Azul. La pieza hecha con 2.500 cuadrados móviles que da la bienvenida al Palacio Libertad. Y por Sol, que se inauguró hace un par de años en el aeropuerto de Ezeiza. Nunca son las mismas pero hipnotizan siempre.

Julio Le Parc también legó legendarias tramas de figuras geométricas estáticas que parecen estar en movimiento.

Fue justamente con esos trabajos que Julio Le Parc abrió caminos para la abstracción desde la segunda mitad del siglo veinte y se convirtió en uno de los artistas argentinos más celebrados en el mundo.

Pero tan importante como su legado en el arte cinético y el óptico -lo entrevisté de grande, era amable pero serio, como un científico de gabinete, y odiaba las etiquetas- es la pregunta que atraviesa su trabajo. “¿Cómo ven nuestros ojos?”, se preguntó una y otra vez. ¿Qué ves cuándo ves? ¿Cómo mirás? ¿Por qué?

Hay más. La belleza con los trabajos emblemáticos de Julio Le Parc hablan de buscar, arriesgar, equivocarse, asombrarse, descubrir. Del esfuerzo. De cuando se desboca el poder. Otra vez: de cómo las cosas podrían ser diferentes. O, al menos, de que no deberíamos dejar de intentar cambiar para bien.

Julio Le Parc nació en 1928 en Palmira, un pueblito de Mendoza. Fue repartidor de diarios y trabajó en un taller de bicicletas. Se mudó a Buenos Aires. Pasó por la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Se instaló en París en 1958 con una beca, lo expulsaron temporalmente durante el Mayo Francés, volvió y allí murió, tras haber recibido buena parte de los premios importantes.

En la década de 1970, Julio Le Parc presentó La larga marcha, otro de sus emblemas. Pinturas monumentales con formas geométricas en las que experimentó con el color, que reversionó. Casi 4 décadas después les dedicó un poema: “Mi propia pequeña larga marcha/ largas marchas de pueblos (…) con sus zigzags/sus imprevistos/sus esperas/sus sorpresas…”

Las piezas menos populares de Julio Le Parc van en el mismo sentido. Inventó una paleta de 14 colores, un “antiauto” con ruedas descentradas y un teatro en miniatura con más de 150 personajes del mundillo del arte –“tienen poder y maltratan-”. Y en este siglo abrió su museo virtual, con “formas irrealizables en lo material”.

Una de las que más me gustan son sus zapatos con resortes para caminar de otro modo. Subraya, con simpatía, el impacto de la experiencia. Y también, “la curiosidad constante” que Le Parc dijo que lo motivaba y que tanta falta hace en tiempos de scrolleo pasivo, escepticismo y pereza intelectual.

Mostrar más

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *