Nápoles o la ciudad de D10S: donde Maradona sigue vivo

Antes de Maradona, Nápoles ya había sido contada como una larga historia del hambre. Alejandro Dumas la recorrió durante el siglo XIX y encontró una ciudad donde apenas cuatro familias poseían grandes fortunas, unas veinte podían vivir sin sobresaltos y las demás sobrevivían gracias a la picardía, la simulación y el hambre. Un siglo después, la Segunda Guerra Mundial había llevado esa pobreza hasta los límites de la supervivencia.

Curzio Malaparte reconstruyó en La piel la degradación física y moral de una ciudad ocupada por los aliados. Norman Lewis, oficial del servicio de inteligencia británico, dejó en Nápoles 44 el diario de una ciudad bombardeada en la que las alcantarillas eran arrancadas para vender el hierro. La guerra había terminado, pero el hambre seguía combatiendo.

Daniele D’Ari, historiador, fotógrafo y vecino del Largo Maradona, extiende esa caída sobre un arco todavía mayor. Nápoles había sido durante el siglo XVIII una de las grandes capitales europeas, una ciudad populosa, poderosa y central en el mapa cultural del continente. A comienzos de los años ochenta, las heridas seguían abiertas: la epidemia de cólera de 1973 todavía pesaba sobre la imagen de la ciudad y el terremoto de Irpinia de 1980 tuvo consecuencias sociales también para Nápoles.

Cuando Maradona llegó en 1984, todavía no habían pasado cuarenta años desde las escenas narradas por Malaparte y Lewis y apenas cuatro desde el terremoto. Los niños de la guerra eran ya los hombres que acudían al estadio; las mujeres que habían levantado barricadas y combatido durante las Cuatro Jornadas de Nápoles eran las madres y las abuelas que salían a verlo. Diego también procedía de un pueblo del hambre.

Su presencia atraviesa edades, géneros, clases sociales y posiciones políticas

Había crecido en Villa Fiorito, en la pobreza argentina, dentro de una familia descendiente de aquellos italianos que habían cruzado el océano escapando de una miseria semejante. Nápoles no recibió solamente al mejor futbolista de su tiempo. Reconoció a uno de los suyos: dos mundos separados por el Atlántico, pero formados en una experiencia común de la carencia, la imaginación y la supervivencia.

La primera impresión del padre de Maradona parece contradecir ese reconocimiento. Al ver las calles estrechas y sucias, las fachadas deterioradas y la ropa colgada de los balcones, don Diego preguntó: “¿Adónde trajeron a mi hijo?”. La frase expresaba alarma ante la pobreza que todavía mostraba la ciudad. Con el tiempo adquiriría un sentido inverso: lo habían llevado al lugar donde mejor podían comprenderlo.

Cuando vio el estado de la ciudad, el padre de Diego preguntó: ‘¿Adónde trajeron a mi hijo?’

D’Ari recuerda que Diego llegó cuando la ciudad parecía haber tocado fondo y le devolvió algo que iba mucho más allá de las victorias deportivas: la posibilidad de imaginarse otra vez importante. “Diego fue simplemente el que nos puso otra vez en el mapa del mundo”, cuenta.

La calle de Diego

Desde Via Toledo se entra en los Quartieri Spagnoli por via Emanuele De Deo. La calle asciende hacia el lugar conocido popularmente como Largo Maradona, aunque el espacio conserva oficialmente el nombre de Largo Emanuele De Deo. Allí, sobre la pared alta de un edificio, aparece el mural que convirtió ese rincón del barrio en uno de los mayores lugares de peregrinación futbolística del mundo.

Al estilo Gauchito Gil. Un altar improvisado en el llamado Largo Maradona de la ciudad italiana. Foto: EFE

Pero la peregrinación empieza mucho antes de llegar al mural.

Maradona aparece apenas se abandona Via Toledo. Está pegado en las persianas de los comercios, pintado en las paredes y reproducido en las camisetas que cuelgan sobre la calle. Está en las calcomanías de las motos que suben y bajan por corredores que parecen demasiado angostos para cualquier vehículo. Está en los vidrios de los autos pequeños, en los mostradores, en las cartas de los restaurantes y en las paredes de las pizzerías.

Las pizzerías ofrecen nombres que forman una biografía: Villa Fiorito, la Tota, el Diez, el Pibe de Oro, Santa Maradona. Las tiendas venden estatuillas, imanes, encendedores, tazas, llaveros, camisetas y reproducciones de la Copa del Mundo. Los visitantes ascienden con alguna prenda celeste y blanca o con la camiseta azul del Napoli. Algunos llevan a Diego tatuado en el brazo, en la espalda o en la pantorrilla.

Los nombres de las pizzerías lo nombran: Villa Fiorito, la Tota, el Diez, el Pibe de Oro, Santa Maradona.

Otros se detienen a fotografiar cada aparición de su rostro. La calle parece organizar una larga preparación antes de mostrar la imagen principal. Basta mirar una fotografía para que alguien recuerde un partido, una jugada, una tarde en el estadio o el lugar exacto donde estaba cuando el Napoli ganó su primer scudetto.

El santuario y el mercado

En el Largo Maradona conviven la devoción y el comercio. Hay flores, banderas argentinas, bufandas del equipo Napoli, fotografías, camisetas, estampitas y mensajes escritos en numerosos idiomas.

Algunos visitantes se persignan. Otros apoyan la mano sobre la pared. Muchos levantan el teléfono para fotografiarse de espaldas al mural. Más que un museo tradicional, es una acumulación de reliquias y ofrendas formada por la propia devoción popular.

Esa mezcla también produce tensiones. El crecimiento turístico convirtió el Largo en un centro comercial y generó conflictos relacionados con las habilitaciones, la ocupación del espacio y los puestos de venta. Después de los controles y decomisos de 2025, la ciudad anunció en 2026 una reorganización del área, con nueva pavimentación, bancos, plantas, pérgolas y puestos móviles. El santuario espontáneo entró así en una nueva etapa: la administración intenta ordenar un lugar de apropiación popular.

Ceremonia degli infrascati. Diego se cuela en la procesión de todos los años en honor a San Gennaro.
Foto: EFE

Pero el comercio no necesariamente desmiente el culto. En Nápoles, ambas dimensiones parecen alimentarse. El objeto comprado permite que el visitante se lleve una parte del santuario: la estampita, la camiseta o el imán prolongan la imagen de Diego en otra ciudad.

Para muchos vendedores, además, esa circulación representaruna forma concreta de trabajo.

Massimo Fiatto, de 38 años, vende camisetas en las inmediaciones del mural. Recuerda una idea que Maradona repitió en distintas entrevistas: no le molestaba que un napolitano pobre, humilde y trabajador obtuviera algún beneficio de su imagen; por el contrario, se sentía honrado de que alguien pudiera llevar dinero a su casa gracias a él. Distinguía ese comercio popular de los grandes negocios realizados por empresarios y millonarios con su nombre.

Massimo conserva aquellas palabras como una suerte de autorización espiritual. Está agradecido a Diego porque su presencia sigue convocando visitantes y porque la venta de camisetas le permite sostener a su familia.

La experiencia de Antonio Esposito, conocido como Bostik y dueño de La Bodega de D10S, muestra cómo ese movimiento transformó también a los comercios nacidos alrededor del largo. Nadie imaginaba, recuerda, que el mural llegaría a convertirse en un símbolo reconocido en todo el mundo.

La muerte de Maradona dejó primero un vacío y un dolor profundos, pero en medio de aquella conmoción comenzó a ocurrir algo inesperado: personas llegadas desde distintos países se acercaron para rendirle homenaje y convirtieron el lugar en un espacio de memoria, encuentro y emoción.

“Para nosotros Maradona representó mucho más que un campeonato de fútbol. Lo que los napolitanos amaron de él fue, sobre todo, la revancha que consiguió darle a toda una ciudad, al devolverle orgullo, dignidad y esperanza”, explica Bostik.

Maradona le devolvió orgullo, dignidad y esperanza a Nápoles

Antonio EspositoDueño de la Bodega de D10S

Un santo por otro santo

Nápoles mantiene con la religión una relación cotidiana. Las imágenes sagradas ocupan esquinas, zaguanes, balcones y pequeñas hornacinas callejeras. San Gennaro es el patrono principal de la ciudad y el tradicional milagro de la licuefacción de su sangre sigue siendo uno de los grandes acontecimientos de la vida religiosa napolitana.

Dentro de esa cultura de santos cercanos, reliquias, favores y milagros esperados, Maradona encontró un idioma anterior al fútbol. La ciudad no necesitó inventar de cero el modo de venerarlo. Ya sabía levantar altares, conservar reliquias, agradecer favores y organizar procesiones.

El estadio ofrece la imagen más poderosa de esa canonización civil. Durante décadas se llamó San Paolo. Después de la muerte de Maradona, la ciudad aprobó el cambio y desde diciembre de 2020 lleva oficialmente el nombre de Stadio Diego Armando Maradona. En una ciudad profundamente vinculada con sus santos, el nombre de uno de ellos cedió su lugar al de un futbolista argentino.

Uno de los tantos murales.  Las paredes napolitanas están invadidas por imágenes del Diego

No es necesario afirmar que Diego reemplazó a la religión. Más interesante resulta observar que Nápoles lo incorporó mediante las formas de su religiosidad popular. Sus camisetas y objetos personales se exhiben como reliquias. Las paredes reproducen su rostro con aureolas. Los hinchas agradecen goles ocurridos décadas atrás con la intensidad de quien agradece un milagro reciente.

El antiguo nombre San Paolo permanece en el habla de las generaciones mayores, pero la nueva denominación tiene una fuerza que excede al homenaje simplemente institucional. El estadio no se llama así solamente porque una comisión municipal lo haya decidido: la decisión administrativa reconoció algo que la ciudad había resuelto mucho antes.

Cien años del Napoli

El centenario del Napoli vuelve todavía más visible la dimensión de Maradona dentro de la historia del club. Fundado el 1º de agosto de 1926, el Napoli celebra sus cien años bajo el lema napolitano Pe’ cien-t’anne, con una serie de homenajes que se extenderán durante toda la temporada.

Diego ocupó apenas siete de esos cien años, entre 1984 y 1991. Sin embargo, ese período breve partió la historia del club en dos. Existe un Napoli anterior a Maradona, el Napoli de Maradona y todos los equipos posteriores, obligados de alguna manera a dialogar con aquella época.

La pregunta que abre el centenario no es solo qué lugar ocupa Maradona en la memoria del Napoli, sino cómo siete años pudieron adueñarse del relato de un siglo. Sobre esa persistencia, Gianfranco Coppola, periodista de la RAI y presidente de la USSI -Unione Stampa Sportiva Italiana-, señala: “Su eternidad. Maradona vive en todas partes en Nápoles. Todos lo conocen, incluso los recién nacidos, que, más de cuarenta años después de su llegada, siguen siendo bautizados con el nombre de Diego. Una leyenda eterna que no muere”.

La ciudad narrada

Escritores napolitanos, periodistas, cronistas y ensayistas regresan una y otra vez a su figura porque Diego ofrece una manera de contar la ciudad. Marco Ciriello, autor de Maradona è amico mio, entiende que una parte de Diego quedó definitivamente incorporada a las calles de Nápoles, aunque ya estuviera presente desde mucho antes en el interior de sus casas. El gran mural de los Quartieri Spagnoli representa, para él, la culminación de esa veneración: “Un lugar de culto laico, con su imagen convertida en un ícono bizantino”.

Pero la “monumentalización” no elimina la cercanía. Maradona sigue siendo “mi amigo” porque encarna al amigo que todos habrían querido tener. El título de su libro, explica Ciriello, no resume solo un vínculo personal, sino la experiencia de toda una generación: para quienes crecieron durante los años ochenta, Diego fue una verdadera estrella de rock, “los Beatles y los Rolling Stones juntos, y ni siquiera eso alcanza”. Su presencia atraviesa edades, géneros, clases sociales y posiciones políticas: un amor incondicional compartido por todas las formas posibles de la ciudad.

Las tiendas venden estatuillas, imanes, encendedores, tazas, llaveros, camisetas y reproducciones de la Copa del Mundo.

Giancarlo Piacci, director de la Librería Ubik, en plena Spaccanapoli, y autor de A Napoli con Maradona y Primo agosto pioveva. Cent’anni di passione in maglia azzurra, interpreta la historia de Diego como una ruptura política, social y geográfica. El predominio de los clubes del norte, sostiene, reproducía dentro del campeonato las desigualdades italianas. Hasta que el Napoli de Maradona conquistó en 1987 el primer scudetto ganado por un equipo del sur.

Diego, que en Barcelona había sufrido el desprecio de quienes lo llamaban “sudaca”, comprendió también los insultos racistas con los que recibían al Napoli en los estadios del norte. “Fue el primero en romper ese esquema político, social, geográfico y deportivo -dice Piacci-. Nada podía volver a ser igual, ni en Nápoles ni en ninguna otra parte, porque Diego fue una revolución.”

Por su parte, el escritor Fabrizio Gabrielli representa la circulación de Maradona por toda Italia y el diálogo permanente entre las dos orillas. En sus libros y traducciones, la lengua maradoniana viaja del italiano al español rioplatense y vuelve transformada, cargada de tonos, imágenes y mitologías compartidas.

Gabrielli resume el vínculo entre Diego y la ciudad como un reconocimiento mutuo: “Maradona le cambió la vida a Nápoles tanto como Nápoles se la cambió al Diego. Si hoy la ciudad lo lleva al Diego tatuado en el cuero y lo banca como su emblema, es porque sabe que le dio una certeza: vivir con la viveza, el desparpajo y la pasión de quien sabe que capaz mañana ya no está, no era una macana; se podía. Y Nápoles venía haciéndolo desde hacía dos mil años, ahí nomás, a la sombra de un volcán”.

Otra patria grande

¿Es posible que la memoria de Maradona permanezca hoy más unida en Nápoles que en la Argentina? En su país, Diego convive con discusiones morales, políticas, deportivas y familiares. En Nápoles, en cambio, la memoria parece haberse concentrado alrededor de un relato común: el hombre llegado desde otro sur del mundo que derrotó al norte poderoso y le concedió a la ciudad una forma de reparación.

El recorrido por los Quartieri Spagnoli vuelve visible esa diferencia. Allí Maradona no parece un personaje del pasado. Los objetos se renuevan, los negocios se multiplican, las camisetas cambian de diseño, los niños siguen llevando el número diez y nuevos visitantes llegan cada día hasta el mural.

Para un argentino, Nápoles acaso sea la única ciudad extranjera donde Maradona no parece un compatriota recordado desde lejos. Es un vecino. Al terminar la subida por via Emanuele De Deo, los visitantes levantan la cabeza para abarcar el mural. Algunos llegaron desde unas pocas cuadras. Otros cruzaron Italia, el Mediterráneo o el Atlántico. Hablan idiomas distintos, pero de todos modos, reconocen la misma cara.

Abajo siguen pasando las motos. Alguien vende una camiseta. Una mujer acomoda unas flores. Un chico se fotografía con el brazo levantado.

Desde algún balcón cuelga una bandera argentina junto a otra del Napoli. Patria y fútbol. Aquí Maradona no murió.

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