Famosos y notables: los árboles porteños y sus historias menos conocidas

La Ciudad de Buenos Aires tiene casi 640 árboles destacados; 78 catalogados formalmente como históricos y el resto, notables. Son parte del patrimonio natural porteño, tienen normas específicas de cuidado y relatan, a través de su existencia, momentos de la historia, vidas de personas destacadas y curiosidades.

La enorme mayoría de ellos llegaron al territorio de la mano de los paisajistas que trazaron los parques y las plazas porteñas, porque el paisaje original de Buenos Aires estaba conformado por pastizales, bañados y juncales; típico de humedales.

Marcela Palermo Arce -técnica en Jardinería de la Facultad de Agronomía (UBA), docente y experta en puesta en valor del arbolado público- publicó recientemente el libro “Los arboles de Buenos Aires. Breve historia del arbolado y sus árboles históricos y notables”.

Editado por la Facultad de Agronomía (UBA), Palermo Arce hace un repaso minucioso sobre la colección de árboles porteños y comparte con Clarín estas 8 historias increíbles de persistencia: entre la palmera perdida, el mito de San Martín y el ceibo inclinado.

Magnolia del Promedicato


Magnolia Protomedicato

Los mitos detrás de las Magnolias del Protomedicato. Se da por hecho que estos árboles -que siguen floreciendo y dando frutos cada año- son bicentenarios y que antecedían el ingreso a la institución sanitaria española, durante el Virreinato del Río de la Plata. Ni una cosa, ni la otra. Nunca funcionó en este solar el Protomedicato (sino en la Manzana de las Luces, entre 1780 y 1813) y la investigación de Marcela Palermo Arce revela que podrían haberse plantado entre 1854 y 1880; durante este período funcionó aquí lo que fue la primera sede de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Antes había pertenecido a los jesuitas y luego a los bethlemitas. Recién para 1887 el edificio cambia de destino y se funda una escuela, la Guillermo Rawson, que hoy continúa custodiando a estas magnolias.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

Gomero de Recoleta


Gomero Recoleta

El Gomero de Recoleta, el titán de los árboles porteños. Cuándo llegó a la barranca y quién lo plantó podrían ser material suficiente para un libro. Hay al menos tres historias sobre su origen: que lo plantaron los monjes franciscanos (entre fines del 1700 y principios del 1800) o José Martín de Altolaguirre (vecino y tesorero del Virreinato); que su semilla llegó en un buque francés; y que fue parte del Jardín de Aclimatación que funcionó en el lugar. Pero Palermo Arce concluye que no es tan tan antiguo; entre otros datos, porque no aparece en documentos de esa época, que tenían muy relevada la zona. Pero ¿y si fue obra de Carlos Thays, el gran paisajista francés? Al cruzar los datos de las reformas de Plaza Francia y los espacios verdes linderos (entre 1890 y 1910), la investigación apunta a que el verdadero plantador fue Thays. Además, su fisonomía coincide con otros gomeros notables plantados en Plaza Lavalle o el Parque Tres de Febrero en esas épocas.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

Pino de San Lorenzo


Pino San Lorenzo

Mística patriótica en el Pino de San Lorenzo. Sobreviviente del pino original, el retoño del árbol bajo el cuál José de San Martín habría descansado luego del combate de San Lorenzo se muestra inmenso y vital en las Barrancas de Belgrano. El ejemplar santafecino tuvo una historia increible: primero fue “peritado” por el francés Carlos Thays para refrendar su origen (confirmó que para la época de la batalla,1813, ya era un fuerte) y luego salvado por un japonés. Resulta que en 1956 el pino estuvo al borde de la muerte y un científico y botánico japonés residente en Rosario, Katsusaburo Miyamoto, se ofreció a curarlo. Con la ayuda de 26 soldados que trabajaron bajo sus órdenes, lo salvó en sólo un año. En 2012 una tormenta brutal lo afectó seriamente y murió en 2013. Pero sus “hijos” ya habían sido esparcidos. El de Barrancas de Belgrano fue plantado en 1932.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

Retoño de Artigas


Retoño Artigas

Símbolo rioplatense, el retoño del árbol de Artigas. Una de las postales más bellas de la Ciudad la protagonizan los ibirá pitá, los gigantes que florecen y cubren de amarillo veredas, plazas y parques. Exiliado en Paraguay, el prócer uruguayo José Gervasio Artigas, pasó sus últimos años de vida rodeado de vegetación selvática. Entre sus árboles preferidos, había un ibirá pitá. En esas tierras funciona hoy un jardín botánico, un zoológico y una escuela, que tiene más de 100 años. Como una tradición de propagación de los retoños, los alumnos comenzaron a regalar semillas del árbol. Y la comunidad uruguaya en Argentina legaron dos retoños a la Ciudad. Dos ejemplares magníficos, porque a los ibirá pitá les gusta mucho Buenos Aires, se adaptaron y resisten el stress urbano. El de Villa Ortúzar se estima que fue plantado en 1938, junto con la inauguración de la plaza. El de Recoleta fue plantado en 1962.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

Palmera de Avellaneda


Palmera Avellaneda

La ¿falsa? palmera de Avellaneda, una crisis matrimonial y un intendente al salvataje. Convaleciente, el expresidente Nicolás Avellaneda recibió un consejo de su médico de cabecera, Guillermo Rawson. Había que extraer de su jardín una palmera que le tapaba el ingreso del sol a su dormitorio. Fanática de la botánica, la esposa de Avellaneda se opuso y sólo la intervención del intendente Torcuato de Alvear pudo hacerla cambiar de opinión: la convenció de que la donara a la Ciudad. Con una cuadrilla municipal organizaron el traslado y así llegó a un cantero de Alvear y Posadas. Allí estuvo hasta que Carlos León Thays (paisajista también como su padre), la muda unos metros para la instalación de la monumental escultura del General Carlos María de Alvear. La documentación fotográfica de esta palmera llega hasta 1924. Luego hay un gran vacío de información y en 1962 queda documentada en el catálogo oficial pese a que se trata de una especie diferente a la original. La siguiente mudanza llega en 1978, se la identifica como “la de Avellaneda” y sanseacabó.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

Roble de Guernica


Retoño Guernica

Más de 100 años en el Bajo porteño, el símbolo de la libertad del pueblo vasco. Existen más de 400 retoños del roble original de Guernica en todo el mundo; un ejemplar bajo el que, desde tiempos medievales, los vizcaínos se reunían para jurar sus fueros. El original (en Guernica-Luno, en Vizcaya), continúa vivo, a través de sus retoños. El que se puede ver frente a la Casa Rosada fue plantado en 1919 y si bien todo a su alrededor se fue transformando, persiste, achaparrado y robusto. No sólo se modificó varias veces la traza de las calles que lo rodean, sino que además se construyó el Paseo del Bajo, se movió el helipuerto presidencial y hasta el Monumento a Juan de Garay cambió de orientación. Pero el roble quedó resguardado, hoy custodiando las espaldas de quien fue el segundo fundador de la Buenos Aires del 1580.


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Ceibo de Alvear


Ceibo Alvear

El Ceibo inclinado que resistió la tormenta que derribó mil árboles. Testigo de la transformación de su entorno, el Ceibo de Alvear las vio pasar todas. Porque lo que hoy es Plaza Lavalle fue antes muchas otras cosas: terreno pantanoso, fábrica de pólvora, cuartel militar e incluso el lugar en donde estuvo ubicada la primera estación ferroviaria del país; presenció la demolición de un palacio monumental (el Miró) y vio nacer dos íconos porteños, el Palacio de Tribunales y el Teatro Colón. Totalmente inclinado, es uno de los ejemplares históricos más curiosos de la Ciudad; en las últimas reformas realizadas en la plaza se le diseñó un sistema de apuntalamiento para darle soporte mecánico y también para proteger a los peatones. La historia -no documentada- cuenta que el árbol fue traído desde Jujuy, de la zona en donde murió el general Juan Lavalle, héroe de las guerras de la Independencia. El ceibo recibió el nombre del intendente que promovió la transformación urbana de la Ciudad de Buenos Aires, don Torcuato de Alvear; de aldea a gran capital. En diciembre de 2023 una tormenta derribó mil árboles y casi 180 espacios verdes sufrieron graves daños. Y aunque el follaje del ceibo de Alvear quedó destruido, volvió a dar brotes y se recupera año a año.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

Olivo del Papa Francisco


Olivo Francisco

De Plaza de Mayo al mundo, el olivo que plantó el Papa Francisco. Cuando aún era Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio (1936 – 2025) convocó a Plaza de Mayo a representantes de la comunidad judía, a musulmanes y evangélicos para pedir por la paz, la unión de los pueblos y conmemorar a las víctimas de los atentados de la Embajada de Israel y la AMIA. Juntos plantaron este olivo que es uno de los árboles históricos más jovenes de la Ciudad. Esta ubicado justo frente a la Catedral Metropolitana; pequeño y achaparrado pero con un follaje muy intenso durante todo el año, entre el verde intenso y el verde grisáceo que identifica a esta especie. Bergoglio convocó a la plantación de este árbol en un momento clave para la historia reciente del país: marzo de 2000. La crisis económica y social ya se había desatado y este mensaje de paz interreligioso finalmente terminaría marcando el perfil de su papado. Además, esta acción se replicó en cientos de plazas, escuelas e instituciones a través de Scholas Occurrentes, la red global creada por Bergoglio para conectar centros educativos. Así esta especie de Plaza de Mayo tiene “hijos” y retoños por todo el mundo.


FOTOS: FRANCISCO LOUREIRO

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