El Mundial de los espejos, las cicatrices y las metáforas

Fue el Mundial de las metáforas, las sincronías, las señales y las simetrías. A 40 años de México 86, el campeonato parecía empeñado en devolvernos imágenes. Inglaterra otra vez en el camino activando la memoria. El mismo resultado, con un capitán también zurdo que hizo unos arabescos parecidos. O la muerte de Antonio Ubaldo Rattín horas antes de dejar a los ingleses en el camino, con el aluvión de homenajes en sepia, como en juego de espejos, con el Rata retorciendo el banderín inglés (1966) y Lo Celso desdoblando la bandera de Malvinas.

Nunca olvidaremos el apellido Pickford. Así como no olvidamos al brasileño Branco y al bidón que lo descompuso en pleno Mundial 90, la botellita con machete del arquero que soñaba con ir a penales podría integrar la subasta millonaria más preciosa de la historia del fútbol. Algún día será una pieza arqueológica, “paleontológica” de un instante universal. El fósil del partido imposible que alteró una lógica.

Pero mientras se jugaba el Mundial más largo en la historia, también siguió su curso el juicio más brutal. Maradona, reducido a un expediente. A un nombre entre fojas y pruebas. En medio de los 48 partidos y los 300 y pico de goles, se colaba cada semana, un dato monstruoso distinto. Quien supo ser el hombre más amado, apagándose lentamente entre desamparo y una cadena de desidia. “Murió solo como un perro”, definió letal Gabriel Batistuta. Los pormenores nuevos del horror, sucediéndose entre la velocidad y la belleza de la Copa de Mundo.

Lo que más impresiona del ausente más presente es que su corazón esté en formol, en un laboratorio, bajo custodia policial. El órgano que justamente traccionó a un país hace 40 años. Esas vísceras que tan presentes estuvieron en Kansas, Dallas, Miami, Atlanta, Nueva Jersey, flotando lastimadas. Eso que durante décadas funcionó como una metáfora nacional, terminó convertido en un objeto de pericia y aun así, nunca dejó de sobrevolar el discurso de Messi y el de todo ese ballet de “soldados”. “Diego era el más grande de todos. Que lo disfrute porque es un regalo para él”, lanzó Lionel Messi después del triunfo surrealista de la semifinal.

Tal vez la ironía más preciosa de un Mundial jugado principalmente en los Estados Unidos es que la final haya terminado hablando en español. El triunfo del Quijote y del Martín Fierro. Cervantes y José Hernández unidos por Enzo Fernández, Lautaro Martínez, Rodri y Cucurella. En tierras de George Washington, los tataranietos de San Martín y de Isabel La Católica.

El Mundial de las remontadas y el sufrimiento, el de las pausas de hidratación, las Fake News, el Delay, los tres husos horarios, las conspiraciones, los QR, la IA, los bot, los creadores de contenido y “La llorona” Scaloni reconociendo orgulloso su sensibilidad, fue también el de la reivindicación a Favaloro. En partidos desesperantes, necesitados de desfibriladores, shock room y marcapasos, flotó con justicia en spots y virales el nombre del relojero René, ese que arreglaba latidos.

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