Ángela Torres y un show de música pop que se convierte en una obra de teatro
-“¡Te amo, Angelita!”, gritan niños y adolescentes a todo pulmón.
Se abre el telón del imponente Gran Rex y una escenografía de ensueño embelesa al público. En el escenario, sobre un piano de cola transformado en una pasarela de arbustos, allí arriba y con el micrófono en mano, se encuentra Ángela Torres. Con un fondo de cortinas, luces azules tenues y una pantalla que muestra el paisaje pintado al óleo de la portada de su nuevo álbum, da inicio a su tour: No me olvides.
Tras tres funciones con entradas agotadas, Ángela coronó un fin de semana histórico. Durante dos horas y media, el espectáculo -porque no sólo canta, también baila y actúa- transforma la sala en una verdadera obra.
La voz de Ángela en vivo es aún más magnífica de lo que se percibe en las plataformas. La acompañan instrumentos como pianos, arpas y xilófonos, creando una atmósfera onírica. La mezzosoprano demuestra que, aunque el autotune esté de moda, ella no lo necesita: su voz aireada y técnica impecable le permiten abordar cualquier canción que se le ponga enfrente.
Ángela deja en claro que no sólo busca ser una estrella pop. En esta etapa de No me olvides, abraza sus orígenes como actriz y los integra de forma magistral. En ciertos momentos, las luces se vuelven tenues, casi como la proyección de una película, y en la pantalla principal se ve a Ángela adicionando en un casting. ¿Para qué obra? Eso lo descubrirá el espectador al final, cuando logre entender la totalidad del concepto. Mientras tanto, recorremos este mundo planteado por la artista donde todo parece perfecto.
Luego de cantar Placard, tema que abre el álbum y la narrativa visual, estalla el electropop con Oops. Allí, Ángela saluda a su público y recorre el escenario hasta quedar sola en una esquina, bajo un reflector, para interpretar Luz roja. En ese momento íntimo, donde la letra explora los miedos de no ser suficiente para el otro, aparece una escalera donde la esperan “sus amigos” (sus bailarines) para ayudarla a curar ese mal de amor a través de una coreografía electrónica vibrante.
Vértigo, la tan esperada canción que lanzó con videoclip hace un mes junto a su actual pareja, el streamer Marcos Giles, se cantó con euforia mientras la pantalla proyectaba un collage de escenas icónicas del cine romántico: desde Titanic y La dama y el vagabundo hasta Call Me by Your Name.
Ángela Torres cantó durante dos horas y media. Foto: gentileza Fenix Entertainment. Más tarde, una puerta aparece en escena. Un bailarín juega a tocarla y desaparece. El sonido del violín y el xilófono, la proyección de nubes y estrellas, y el vestido largo de Ángela remiten a la inocencia de Peter Pan conociendo a Wendy. Tras un baile salido de un cuento, cantó No me olvides mientras el público se levantaba de sus butacas para acompañarla, antes de que ella misma cruzara esa puerta hacia otro capítulo del show.
Un viaje al pasado cercano
Fue el turno de reencontrarse con su primer EP: La niña de fuego, que se hizo presente con temas como Aló, Guapo y LNDF . Pero el clímax de nostalgia llegó con La vida rosa. El Rex se tiñó de ese color y la gente estalló. Corría el 2016 cuando salió el tema; Ángela venía de participar en Esperanza Mía y comenzaba sus polémicas en el Bailando. Todavía faltaba tiempo para el éxito de Simona. En ese contexto creó un hit que, a diez años de su estreno, sigue sonando con la potencia de un himno coreado por todos.
En la última de sus tres funciones, Ángela se sentó al borde del escenario junto a su guitarrista para el momento más emotivo: invitar a su madre, Gloria Carrá, para interpretar juntas Me enseñará, el clásico de la artista española Bebe. También hubo espacio para la memoria al dedicarle la canción La niña de fuego a su abuela, la mítica Lolita Torres, de quien heredó el apellido artístico al igual que su tío Diego.
En nel show del sábado, Ángela tuvo como invitada a Juliana Gattas, la cantante de Miranda!, con quien interpretaron el tema Maquillada en la cama.
Entre llantos y abrazos, Ángela no se limitó al escenario. Bajó a las butacas y recorrió el teatro cantando AWHC, una bachata-pop acústica, entre sus fans. De regreso arriba del escenario, leyó un cartel que pedía “cantá Un santito” (de la novela Simona) y, fuera de repertorio, la regaló a capela para su público.
Ángela Torres cantó temas de su nuevo álbum: “No me olvides” y de su EP: “La niña de fuego”. Foto: gentileza Fenix EntertainmentUno de los momentos más “icónicos” fue ver a adolescentes de no más de 16 años entonando junto a ella Qué ganas de no verte nunca más. Muchos de los presentes ni habían nacido en los ’80, pero gracias a la reversión de Ángela, el clásico de Valeria Lynch hoy se grita con la misma fuerza que el original de 1984. También, con una mezcla de nervios y experimentación, se animó a versionar El farsante de Ozuna.
Hacia el final, la narrativa de la “obra” se cierra. La pantalla muestra a una Ángela despechada por creer que no quedó en la audición. Mientras espera el colectivo, convencida de que ese papel era para ella, vuelve al estudio a reclamarlo. En una escena de drama total, le confirman: “Estás adentro, quedaste para el papel de ‘Ángela‘, felicitaciones”.
Durante su presentación canto junto a su madre Gloria Carrá. Y le dedicó un tema a su abuela, Lolita Torres. Fenix EntertainmentEl cierre fue una fiesta con Dónde están mis amigos y Favorita, que pusieron a todo el teatro a bailar. Durante toda la noche, los gritos de amor hacia ella no cesaron. Esos niños y adolescentes que llenaron el Rex no solo vieron a una cantante; encontraron en Ángela un referente de libertad y expresión. Así de poderoso es su pop.



