Bob Dylan fue pionero en todo y estaba tan inspirado que inventó el primer álbum doble de la historia del rock

El tipo estaba fabricando un objeto con canciones ortopédicas sin antecedentes en el mercado. Hasta el momento en que se le ocurrió a Bob Dylan, el formato rockero carecía de esas referencias físicas. Después vendrían el Album Blanco de Los Beatles, Electric Ladyland (Jimi Hendrix Experience) o Exile on Main St., de los Rolling Stones. Pero Blonde on Blonde, publicado hace exactos 60 años, fue el primer bicho raro.
Dylan fue le primero que pensó el rock en dimensiones épicas. Una semana después, el 27 de junio de 1966, apareció Freak Out, más de nicho, de Frank Zappa. La crítica, desde entonces, tuvo que ensayar maneras de comprender la música a partir de ese formato. Se opinaba hablando de posibilidades de construir “mundos más que colecciones de canciones” y se valoraba la abundancia como virtud casi primaveral.
Para otros, el álbum doble era la prueba fehaciente de que los músicos habían perdido el sentido de la edición. Finalmente, con el paso del tiempo, se impuso una idea más romántica: el álbum doble como las alas de Win Wenders para un género que, desde Dylan, pudo empezar a mostrar sus propias contradicciones y su caos creativo para dar cuenta de que el rock no estaba domesticado.
Desde la isla desierta ya nos llegan testimonios de gente diciendo que está escuchando Blonde on Blonde, el disco del viejo Bob, pionero en todo, también en eso de haber desarticulado una industria que había empezado a ver con cariño a los hippies. ¿Un álbum doble es doblemente importante? Predisponía bien eso de adelantarse a la época y Dylan sabía cómo hacerlo. Esa actitud le daba un aura de soledad.
Los fans, con Blonde on Blonde, se vieron obligados a considerar al menos una cosa: estaban ante el disco más largo del rock naciente. Canciones repartidas en dos álbumes hablaban no de un vinilo sino de algo que deberíamos advertir como obra cumbre.
La tapa de Blonde on Blonde, el mejor disco del señor Dylan, sigue generando misterio. ¿Es uno de esos viajes de LSD? En 1966, muy prolífico y demasiado inquieto, Bob se iba por la punta y no lo paraba nadie. Cuando lo tenías ubicado en la canción de protesta, se ponía eléctrico y hacía trilogías. “Es lo más cercano a sonar como suenan las canciones en mi cabeza”, dijo seguramente después de haber leído el monólogo de Molly Bloom.
Cuando se habla de canciones como Visions of Johanna, I Want you y Sad-Eyed Lady of the Lowlands no se baja de calificativos como “gema”, “maravillosa”, “extraordinaria”.
Dicen que lo más interesante del carácter “doble” de Blonde on Blonde es consecuencia natural de la pretensión de un Dylan que ya estaba escribiendo canciones “demasiado largas, demasiado densas y demasiado raras”. El disco parecía excesivo porque, en efecto, Dylan era el Marcelo Bielsa del rock.
En un momento en que la duración aproximada de un longplay rondaba los 40 minutos, Blonde on Blonde nos suma 70 minutos que también podrían ser metros de profundidad. Sad Eyed Lady of the Lowlands, solo ella, una balada de más de 11 minutos y 16 segundos, es un tributo poético a la entonces esposa del compositor Sara Lownds.
Dylan inauguraba la era del rock con alcances de alta cultura. La crítica musical adelantaba el Premio Nobel de Dylan, 50 años antes, tildando el homenaje a la dama incluido en Blonde On Blonde como una pieza que encapsulaba la desesperación y la belleza del amor perdido.
La novedad se convirtió en tendencia. Album Blanco, Electric Ladyland de Jimi Hendrix Experience, Tommy, de The Who, Exile on Main St. de The Rolling Stones, At Fillmore East de The Allman Brothers Band, Goodbye Yellow Brick Road, de Elton John, y muchos otros. En 1970, el despecho de George Harrison, post Beatles, subió la apuesta con el triple All Things Must Pass. Fue una época en que el rock tenía mucho que decir.
Antes de Blonde on Blonde, Dylan había lanzado álbumes de mucha personalidad como The Freewheelin’ (1963) y Highway 61 Revisited (1965). Blonde on Blonde es el séptimo álbum de estudio del cantautor estadounidense. Había un chiste sobre la diferencia entre un álbum común y un álbum doble. Un álbum común tenía diez canciones. Un álbum doble tenía diez canciones y 14 intentos de inspiración.



