La gente le puso un techo al precio de la carne, que se mantiene estable desde marzo

Después de las fuertes subas registradas durante el primer trimestre del año, el precio de la carne vacuna ingresó desde marzo en una etapa de relativa estabilidad, aunque detrás de esa calma persisten tensiones en toda la cadena. Los últimos datos del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) muestran que tanto la media res como los precios al consumidor se mantienen desde entonces dentro de un rango relativamente acotado.
La media res, que en marzo alcanzó un máximo de $10.889 por kilo, se ubicó posteriormente alrededor de los $10.600, sin repetir los incrementos de los primeros meses del año. En el mostrador, en tanto, el precio promedio de la carne se mantuvo durante el mismo período en torno de los $18.400 por kilo, aunque con diferencias según el corte y el punto de venta. Los supermercados se diferenciaron de las carnicerías al ofrecer, en promedio, precios más bajos.
Desde la Cámara Argentina de Matarifes y Abastecedores (Camya) atribuyen esta estabilidad principalmente a un cambio en el comportamiento de los consumidores. “Esto no significa que los costos hayan dejado de aumentar, sino que el mercado encontró un límite muy claro en el poder adquisitivo del consumidor”, explicó Matías Carli, gerente general de la entidad.
Según el análisis de la cámara, la demanda se convirtió en la principal variable que impide nuevos aumentos de magnitud. Las familias compran con mayor cautela, reducen las cantidades, buscan cortes más económicos y complementan el consumo de carne vacuna con otras fuentes de proteína, principalmente pollo y cerdo. En consecuencia, el mostrador funciona como un límite para cualquier intento de trasladar automáticamente los mayores costos hacia el precio final.
La hacienda también atravesó en los últimos meses un período de mayor estabilidad, con algunos retrocesos puntuales. Sin embargo, desde Camya advierten que el valor del animal representa solamente una parte del precio que paga el consumidor. Entre la hacienda y el mostrador aparecen los costos de faena, transporte, combustible, impuestos, tasas, cargas laborales, energía, financiamiento y administración. A eso se suman, en el caso de las carnicerías, alquileres, salarios, servicios y los efectos de una menor rotación de la mercadería.
Por esa razón, según Carli, una parte de la estabilidad que percibe el consumidor se estaría sosteniendo a costa de los márgenes de comercialización. Matarifes y carniceros absorben una porción de los mayores costos porque trasladarlos completamente al precio final implicaría profundizar la caída de las ventas, asegura. En este escenario, el desafío para los negocios dejó de ser solamente obtener un margen razonable por kilo y pasó a ser también sostener el volumen, conservar clientes y mantener la actividad.
La situación genera además una preocupación que excede la formación de precios: el deterioro de la cadena de pagos. Desde Camya señalan que comenzaron a observar mayores dificultades para cumplir compromisos comerciales, pedidos de extensión de plazos, pagos parciales y una circulación más lenta del dinero entre los distintos eslabones.
El mecanismo puede generar un efecto en cadena. Una carnicería que vende menos o demora sus pagos termina trasladando esa dificultad al matarife abastecedor, que a su vez debe afrontar sus obligaciones con frigoríficos, transportistas y proveedores, advierten.
De cara a los próximos meses, desde la cámara no anticipan una baja generalizada y permanente de los precios. Pueden aparecer ofertas y promociones, con diferencias según los cortes, las zonas y los canales de comercialización, pero existe un piso determinado por el valor de la hacienda y por el conjunto de costos que intervienen en la cadena. Al mismo tiempo, tampoco se observan, en el corto plazo, condiciones para un salto abrupto, salvo que se produzcan cambios significativos en la oferta ganadera, el tipo de cambio, los combustibles o la demanda exportadora.
“El escenario más probable es de relativa estabilidad, con ajustes moderados y selectivos. La menor disponibilidad estacional de hacienda terminada puede ejercer cierta presión durante los próximos meses, pero esa posibilidad vuelve a encontrarse con el límite de una demanda interna debilitada”, señaló Carli.
Más allá de la coyuntura, el dirigente puso el foco en un problema estructural del negocio ganadero argentino: la necesidad de incrementar la oferta. “La Argentina necesita aumentar su stock ganadero. No podemos discutir solamente cómo se distribuye una cantidad limitada de carne entre el mercado interno y la exportación”, planteó.

