Los 120 años del “palacio mayor del país”: el crimen que interrumpió la obra y la historia detrás de la hipnótica cúpula verde

En 1906, el presidente José Figueroa Alcorta fue el encargado de inaugurar el palacio mayor del país. No sólo el corazón de la democracia y de uno de los poderes fundamentales del Estado, sino también un edificio monumental, coronado por la cúpula más impactante de la Ciudad de Buenos Aires. El Palacio del Congreso se ponía en marcha, aún cuando faltaban años para que se consideraran concluidas las obras de construcción.

De hecho las imágenes de la época muestran el edificio con fachada ladrillera y una cúpula inconclusa. La inauguración se apuró porque en aquellos años el Congreso funcionaba frente a Plaza de Mayo, en un edificio que quedó chico muy rápido y obligó a alquilar propiedades linderas; gastos que se consideraron inadmisibles. Así se decide la construcción de este palacio que, pese a su grandilocuencia, vuelve a quedar chico en 1966 (se habilita la ampliación y construcción del anexo, en Rivadavia y Combate de los Pozos, y la obra finaliza en 1984).

Originalmente el Palacio iba a estar ubicado en el entorno de la Plaza Rodríguez Peña, frente al Palacio Sarmiento (sede de la actual Secretaría de Educación y de una de las bibliotecas públicas más lindas de la Ciudad). Para fortuna de todos, el presidente Miguel Juárez Celman pegó un volantazo con un argumento que los años sólo vinieron a respaldar: el trazado de la Avenida de Mayo era un hecho y con la Casa Rosada en un extremo, se hacía necesario construir algo monumental en el otro extremo. Para no faltar así “a las leyes de ornamentación y embellecimiento”, concluyó Celman.

Corte hall central y cúpulas del Palacio del Congreso



Fuente: CeDIAP
Infografía: Clarín
Fachada sobre Avenida Entre Ríos, en 1909, tres años después de la inauguración del edificio. Aún sin el revestimiento definitivo, de piedra caliza de Córdoba. Foto Archivo General de la Nación (AGN)
La "Victoria Alada" y a la izquierda, la "Cuádriga de la Libertad". Conjuntos escultóricos del escultor italiano Víctor de Pol.  Foto Tomás Cuesta

Se convoca a un concurso internacional y el arquitecto Víctor Meano impone su proyecto; en 1895 comienza la obra y dos años antes de la inauguración el italiano es asesinado por quien habría sido el amante de su esposa. En ese momento, esta noticia generó una conmoción social. Enseguida los trabajos fueron reasignados al belga Jules Dormal, quien también continuaría la obra del Teatro Colón, de Francisco Tamburini (fallecido en 1895, Meano había quedado a cargo del teatro). El belga concluye así ambas obras, atravesadas por la muerte de los italianos.

Más allá del Obelisco, de la Floralis Genérica, de Caminito y de Plaza de Mayo, una de las postales más impactantes de la Ciudad es la cúpula verde del Congreso. No importa el momento del día, su figura colosal es un imán: se oscurece levemente al amanecer; resplandece cuando el sol le pega de lleno; y su iluminación nocturna -teatral, dramática- la transforma en una obra de arte.

Pero la cúpula fue todo un capítulo en la construcción del Palacio: por sus dimensiones, presupuesto, desafíos técnicos; y también por la muerte de Meano. Uno de los principales fue la estructura de la cúpula. Ocurrió lo siguiente: el italiano la diseñó previendo que estuviera sostenida por mampostería, pero cuando el belga toma la obra, los cálculos de carga sobre los cimientos del Salón Azul (ubicado justo debajo), eran muy “ajustados”. Así, Jules Dormal encarga a Alemania una estructura de hierro, a medida, que llegó en barco y se montó por completo aquí, como si fuera un mecano.

La base de la aguja, el remate de la cúpula, decorado con leones rampantes. Se ve también un pequeño balcón. Foto Tomás Cuesta
La "Cuádriga de la Libertad", de Víctor de Pol. La mujer, alegoría de la República, y los caballos, símbolo del pueblo. Foto Tomás Cuesta

Así, esta suerte de jaula de acero descansa sobre un anillo de hormigón y vigas perimetrales. El exterior de la cúpula está recubierto por completo de láminas de cobre y se ve de color verde debido a la oxidación natural del metal expuesto a la intemperie (es una pátina de carbonato de cobre). Además tiene un efecto protector sobre las láminas.

Y aunque desde afuera del palacio se ve sólo una, el edificio tiene dos cúpulas. Una encima de la otra, pero separadas por un gran volumen de aire de veinte metros de altura. La bóveda de la cúpula interior funciona como una suerte de ilusión óptica. Desde el Salón Azul, al levantar la vista, se ve esta “falsa” bóveda y la sensación es la de estar mirando el interior de la gran cúpula verde.

Para entender mejor esta “anatomía”, Clarín publica un plano original de la obra, que se encuentra digitalizado en el archivo del Centro de Documentación e Investigación de la Arquitectura Pública (CeDIAP, de la Agencia de Administración de Bienes del Estado). Se trata de un corte del gran hall, en donde se ve claramente la superposición de las cúpulas. El plano está impreso en una tela vegetal, que posee un pigmento azul, de altísima durabilidad; de hecho se puede ver, en gran estado de conservación, durante las visitas guiadas que se organizan en el archivo. Este plano tiene más de cien años y casi dos metros de alto.

El friso en el pórtico de la entrada al palacio, tallado en mármol. Foto Tomás Cuesta
Las obras de 2019. Base de la cúpula externa del palacio. Foto Guillermo Rodriguez Adami
Las obras de 2019. La ornamentación recuperada, en la cúpula interna. Foto Guillermo Rodriguez Adami

El arquitecto Javier Vitali está al frente del Departamento de Conservación y Restauración del edificio, un área que se formó hace 10 años y que se encuentra conformado por un staff permanente e interdisciplinario; no sólo arquitectos y restauradores, sino también historiadores, museólogos, especialistas en documentación y archivo, y vitralistas, carpinteros, ebanistas, herreros, entre otros oficios.

La dimensión del palacio requiere que las obras nunca se detengan, siempre hay algo por hacer: “Es como un organismo vivo, que interactúa con las personas que lo habitan a diario”, define Vitali. Y en cada trabajo que llevan adelante, casi siempre hay un descubrimiento, una sorpresa: “Durante los trabajos de intervención en un piso de roble hallamos un periódico alemán de 1920, entendemos que pudo haber sido utilizado para acopio o nivelación, lo que demuestra como el edificio habla a través de sus capas”, explica Vitali.

Otros dos ejemplos que recuerda Vitali y que fueron publicados por Clarín: el descubrimiento de un mural, ubicado en el hueco de una escalera y tapado por capas y capas de pintura. O los estudios estatigráficos en las paredes del histórico Salón Eva Perón; eran doradas, pero se pintaron de rosa. Por el valor simbólico que tuvo este pedido de Eva, se decidió mantener el color rosa. En ese mismo salón tuvieron que combatir una plaga de insectos que oradaba la madera.

Tareas de restauración en la fachada del palacio. Foto gentileza Honorable Senado de la Nación
Mantenimiento y limpieza de las luminarias históricas del Congreso. Foto gentileza Honorable Senado de la Nación
Los vitrales fueron piezas fundamentales en el diseño del palacio, obra del arquitecto Meana. Foto gentileza Honorable Senado de la Nación

Como ocurrió con la puesta en valor de la Confitería del Molino, pusieron en marcha una convocatoria a familias y conocidos de los antiguos trabajadores del palacio, para recuperar saberes y relatos de la construcción y el mantenimiento histórico.

Cuenta Vitali que una de las obsesiones del arquitecto Meano era la luz, cómo llevar iluminación hacia el interior del palacio. “Por eso apeló a un diseño muy elaborado en el que los vitrales cumplían una función decisiva. Había verticales y horizontales que dejaban pasar la luz a todos los espacios posibles. Muy lamentablemente, hubo intervenciones que fueron muy dañinas, sobre todo en los 60. Por ejemplo, la construcción de un cuarto piso para ganar oficinas”.

Se construyeron baños y cocinas cuyas instalaciones sanitarias pasan por encima de vitrales históricos. No sólo que esto anuló el ingreso de la luz, sino que cualquier desperfecto los pone en riesgo. Por supuesto, es el desafío que implica el manejo de la conservación del patrimonio, teniendo en cuenta que cientos de personas “habitan” y transitan este palacio; y sobre todo, la imposibilidad de revertir obras que se llevaron a cabo cuando el patrimonio no era un tema de interés.

Recinto de la Cámara de Senadores. Foto gentileza Honorable Senado de la Nación

Afortunadamente, el palacio tiene un equipo que lo cuide. Y además tiene abiertas las puertas de par en par. El programa de visitas es enorme: visitas para estudiantes -colegios, universidades, instituciones-, para el público en general; hay visitas de lunes a viernes y también fines de semana y feriados. Para todas hay que sacar turno. Hay una turnera en la web oficial y también se puede enviar un mail para más información.

Y hay también una visita especial que es la que organiza el Departamento de Conservación y Restauración. El recorrido se hace junto a los profesionales del equipo, son visitas temáticas: con el foco puesto en metales, gres, vidrio, madera, piedra, entre otros. Además comparten información sobre las investigaciones históricas y se llega a lugares del palacio que son pocos conocidos y que sólo transitan los y las trabajadoras. Joyas ocultas que vale la pena conocer.

Parte del equipo técnico del Departamento de Conservación y Restauración del Senado de la Nación Argentina. Foto gentileza HSN
La cúpula y el resto del edeficio, desde una imagen tomada con un drone. Foto: Tomás Cuesta
La obra de Víctor de Pol tiene 8 metros de altura y pesa 20 toneladas. Llegó varios años después de la inauguración del palacio. Foto Tomás Cuesta
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