Luisana Lopilato como Pepita la pistolera: ya está el tráiler de la película que la muestra irreconocible
A exacto mes de su estreno en los cines (el 3 de septiembre), ya se puede ver a Luisana Lopilato en el papel de Pepita la pistolera, el que fuera el apodo de Margarita Di Tullio, una delincuente que se convirtió en leyenda durante los años ’80 en la Argentina y que llegó a sentarse en la mesa de Mirtha Legrand.
Inspirada en hechos reales, Pepita, La Pistolera recupera la historia de Margarita Di Tullio, una mujer que se convirtió en en un mito de la delincuencia argentina. La película -que protagoniza en forma excluyente Luisana Lopilato y dirige la reconocida Lucía Puenzo- reconstruye el nacimiento de una leyenda en un escenario marcado por la violencia, la corrupción policial y las redes de explotación que dominaban la noche de la ciudad marplatense.
Acompañando a Luisana Lopilato, hay un destacado elenco integrado por Claudio Tolcachir, Alberto Ajaka, Charo López, Marcelo Subiotto, Camila Peralta, Esteban Bigliardi y Gustavo Bassani.
La sinopsis del filme dice textualmente: “En el invierno brutal de Mar del Plata de 1985, una trabajadora sexual embarazada desafía a la mafia y al poder corrupto para construir un imperio clandestino que proteja a las mujeres del horror de la calle, transformándose en una leyenda a punta de escopeta y lealtad materna… la leyenda de Pepita La Pistolera”.
Así vista, la película parece retratar a una heroína, pero claro que hay matices en esta historia.
La historia de Pepita
La transormación de Luisana Lopilato para el filme “Pepita la pistolera”, que dirige Lucía Puenzo.Margarita Graciana Di Tullio nació el 15 de junio de 1948 en Mar del Plata. Hija de Antonio, italiano de manos curtidas (taxista, obrero), e Irene “Kita” Shoinsting, ama de casa, creció en la zona del puerto, ese barrio que combina el rugido de los camiones con la religiosidad de la Gruta de Lourdes. La criaron “como varón”: el padre la hizo boxear por dinero y le enseñó a tirar con un revólver.
Hay crónicas que la retratan, todavía niña, desvalijando alcancías de limosnas a los siete años, mientras a los diez ya maniobra armas de fuego con soltura.
A los diecisiete, en 1965, se casa con un marino, Francisco Dionisio Moreno. En el expediente local se lee el gesto de una familia que intenta “encauzarla”, encajarla en una vida normal. Duró poco. A mediados de los ’60 llega la primera detención por robo a mano armada -de un auto-, y el primer encierro, con paso por el penal de Dolores. Cuando vuelve a la calle, el bajo fondo marplatense ya la conoce por nombre y por carácter.
En los ’70, Marga entiende la noche como un territorio de ascenso: primero copera, luego madama, termina regenteando prostíbulos portuarios. Allí no sólo maneja puertas y copas; también administra lealtades, negocia con policías, escucha historias, garantiza -hasta donde sea posible- seguridad.
No fue santa, dirán los suyos; pero cumplía la palabra. En un mundo donde las promesas se gastan, cumplir pesa más que hablar. Tuvo varios hijos. Uno de ellos, Gabriel Triviño, contaría después la versión familiar de la leyenda: la madre que dispara rápido, sí, pero también la que protege, sostiene, ampara, decide.
Tres muertos en el pasillo
Luisana Lopilato y Alberto Ajaka, en “Pepita la pistolera”.Su casa -ese espacio que era hogar, oficina, refugio y trampa- terminaría convirtiéndose en el escenario del hecho que la inmortalizó. La mañana del 20 de agosto de 1985, en la planta alta de Marcelo T. de Alvear 251, Marga escuchó pasos en la escalera. Recién cuando los vio en el descanso los reconoció: el “Tarta” Lozada, el hermano menor de este, y Américo Córdoba. Venían a cobrar lo que consideraban una deuda pendiente: una indemnización por haber trabajado en su pool, y la compra de un Ford Sierra.
En el departamento estaban sus hijos, un par de amigas y su pareja, Guillermo Schelling. El cruce verbal fue breve. Marga se afirmó en el marco del dormitorio, abrió un mueble y tomó un 38. Schelling cubrió la puerta con un Smith & Wesson.
Cuando los tres hombres avanzaron apenas un metro, ella disparó cuatro veces desde la habitación; detrás, en el pasillo, sonaron los tiros de Guillermo. Los hermanos Lozada y Córdoba cayeron en el acto. Marga no huyó: esperó arriba. Minutos después, la Policía subió y la detuvo en el lugar.
El fin de la década la arrima a un escándalo institucional: el del juez Jorge García Collins, quien renuncia tras verse involucrado en escuchas y en recibir dinero de Pepita. La mujer se convierte en un personaje de cultura masiva: anécdotas que ruedan por televisión, presencias luminosas en programas imposibles (se la recuerda, tomando cocaína en un almuerzo con Mirtha Legrand).
Una imagen de Margarita Di Tullio, con un arma. La real Pepita la pistolera.La prensa la busca; ella elige cuándo hablar. Hay una Pepita para la cámara -la frase de efecto, la escena picaresca, el exabrupto- y otra para el fuero privado: la que se parapeta en su casa del puerto, cuida a los suyos, vigila la puerta a la madrugada y negocia treguas.
En 2009, dos meses después de un ACV, muere a los 61. La ciudad despidió a Pepita la Pistolera como si se tratase de una patrona pagana, una reina del arrabal que gobernó con códigos propios.
Veremos cuánto -y cómo- de todo esto contará la película que se estrena el 3 de septiembre.



