La urbanista que incomoda al poder y denuncia “la ficción” de lo público

Arquitecta, urbanista y activista por impulso vital, Itziar González Virós (Barcelona, 1967) encarna una de las posturas más potentes del pensamiento urbano contemporáneo.

Una mujer que, tras haber habitado los despachos del poder político y padecido sus reveses oscuros, hoy camina por los bordes del sistema para rescatar ciudades de la especulación y poner en el centro de la escena a sus habitantes.

Un par de horas antes de oficiar como anfitriona de Jan Gehl, el martes 30 de junio en el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, Itziar conversó a fondo con ARQ. Su voz es pausada, serena, firme, y sus palabras están completamente desabrigadas de tibiezas institucionales.

“A mí el espacio público me parece una mentira. Es un espacio administrativo”, dispara. “Lo hemos delegado a administraciones que lo gestionan y deciden llenar, por ejemplo, una plaza de terrazas comerciales sin consultar al vecindario. No hay decisiones conjuntas. Por eso yo reivindico ir más allá del espacio público para hablar del espacio comunitario”.

Para González Virós, hay un camino del medio que llama umbral: el lugar del encuentro y la confluencia. “Ese espacio mezclado, híbrido, es donde se trama el tejido relacional. Y ese es el valor máximo de una ciudad: la actividad cooperadora. Esa sensación de que la ciudad se aguanta por el compromiso cotidiano de cada uno”.

En su juventud, Itziar vivió en el Barrio Gótico.

Itiziar trabajó en la reconversión de locales comerciales en desuso junto a la Generalitat de Catalunya. “Les dije: a ver, arquitectos del mundo, no dejen las plantas bajas en manos del negocio solamente. Es el zócalo de la ciudad, el lugar donde lo privado se encuentra con lo colectivo y se mezcla. Es un umbral. Lo que no se dibuja, no existe”.

Cicatrices del poder

Su trayectoria está marcada por una profunda coherencia que nació (o despertó) en su juventud, en el Barrio Gótico de Barcelona, arreglando goteras y asistiendo a vecinas solas.

Itziar describe largamente a esas mujeres y a esa casa que fue como un útero colectivo. “Ellas me maternaron. De ahí salió la vocación total que me llevó a comprometerme con no hacer jamás obra nueva y solo dedicarme a rehabilitar”. Así fue el juramento que hizo cuando se recibió en la universidad: jamás construir.

González Virós llegó a la gestión pública en 2007 como concejala independiente de Ciutat Vella. Intentó frenar la turistificación descontrolada mediante un plan de usos que le valió amenazas de muerte, el destrozo de su vivienda y años bajo custodia policial.

Cuando fue funcionaria, denunció la corrupción del Palacio de la Música.

El punto de quiebre ocurrió con el Palacio de la Música, donde parcelas destinadas a una escuela barrial fueron recalificadas por el Ayuntamiento para construir un hotel de lujo.

“Me negué y lo denuncié”, evoca sin furia pero con fuerza. “Llevaba tres años trabajando con escoltas, pero yo era arquitecta y urbanista. Si acababa imputada, mi vida y mi credibilidad profesional se terminaban. Le dije al alcalde: hasta aquí hemos llegado. Y dimití”.

Su salida la hundió en el desamparo absoluto. Pero el tiempo le dio la razón: a los pocos meses, la Justicia intervino el Palacio de la Música por un enorme escándalo de corrupción (fue noticia mundial).

Tras un exilio en Lyon, Francia, regresó a Barcelona. En 2017 ganó el concurso para la remodelación de Las Ramblas. “Propuse un proyecto cooperativo, pero luego los políticos me apartaron y solo han hecho la parte física. A todo lo que era comunitario le dieron una patada. Solo hacen la obra”.

Itziar González Virós, en el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos.

Lejos de amedrentarse, volcó la metodología de Las Ramblas en su tesis doctoral, que se convertirá pronto en un libro.

El método cooperativo

Hoy, el laboratorio de experimentación de González Virós se trasladó a Olot, en Girona, donde los vecinos la convocaron ante el deterioro del centro histórico. Itziar decidió mudarse allí para liderar el proceso desde adentro.

“Mi método es trabajar de abajo hacia arriba”, explica. “Supero la idea de proceso participativo porque la participación implica una jerarquía. Yo hablo de cooperación. La ciudad es una cooperativa. Todo el mundo tiene un rol diverso, pero trabaja para lo mismo: un entorno urbano construido socialmente”.

En Olot, esa premisa se materializó en la coproducción del Plan de Barrios: 53, “actuaciones urbanas” diseñadas junto a 1100 vecinos, contratando a profesionales del propio lugar. Para registrar y validar estos procesos, pide cámaras en las asambleas.

“Hay que filmarlo para que la gente se vea así de inteligente. Hay que darles un prestigio. Cuando la ciudadanía recibe una mirada de igual a igual, crece y propone. Se produce un enamoramiento de los gobernantes con sus ciudadanos y de los ciudadanos con sus técnicos. Trasladamos la inseguridad de la ciudadanía al político, que es donde debe estar”.

González Virós dejó flotando una confesión definitiva y definitoria: “Lo que he hecho es un gesto queer. Salir del armario y decir: yo estoy por lo social. En estos foros se habla mucho de la función social del arquitecto, pero cuando decís que sos arquitecta social, en el fondo lo ven como una degradación, como algo asistencialista”, explica.

“Te dicen: ay, pobrecita, debe trabajar gratis. Pero yo gané el proyecto de Las Ramblas, llevé la corrupción a juicio y sigo comprometida. Al dimitir de la gestión pública, descubrí que soy más política de lo que pensaba y que me importa hacerlo bien”, concluye.

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