Cuando hoy ya es mañana

Qué es el tiempo? se cuestionaba San Agustín, en el siglo IV. Y su conclusión se hizo famosa: “Sé lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me pregunta, no lo sé”. Personalmente, siempre sentí que el tiempo era aquello que pasaba sin cesar, continuamente, como un río y que, según las distintas variantes ( estados de ánimo, circunstancias felices o desdichadas, interés o indiferencia) parecía aumentar o disminuir su velocidad.
Desde el siglo XIV, mirar el reloj mecánico se convirtió –para la humanidad- en un gesto imprescindible, casi automático, que nos ayuda a ver ese progreso, registrado en una esfera con 12 números y dos agujas.
Antes, los egipcios y los babilonios usaban relojes de sol y clepsidras. Pero, las horas, los minutos y los segundos si bien parecen medibles ¿son algo real o, simplemente, una convención que ayuda a organizarnos? Siempre recuerdo esa estupenda frase de un tuareg del desierto de Sahara, diciéndole a un occidental: “Ustedes tienen el reloj, nosotros, el Tiempo”.
La ciencia tiene pocas respuestas para definir el Tiempo. Mejor dicho, desde la Física newtoniana hasta la cuántica afirman que el tiempo no existe. Que es una ilusión. Lo cual lleva a la deducción de que se trata más de una percepción subjetiva y de tipo psicológico .
Ahora, hay algo que me está inquietando en los últimos años y que, creo, es percibido por casi todo el mundo: se trata de un fenómeno curioso, pero tangible, una sensación casi generalizada de que se ha producido una aceleración del tiempo.
Me pasa todos los días. Miro el reloj, creyendo que pasaron 10 minutos y, no. Pasó una hora o más. Y llega la noche y me doy cuenta de que no me alcanzó el día para hacer todas las cosas que necesitaba hacer. ¿Es verdad que hay una aceleración de eso que llamamos “tiempo”? ¿O es tan sólo una impresión? En este sentido, la ciencia suele sostener que no es el tiempo el que ha cambiado, sino que las características de la vida moderna alteran nuestras experiencias. Según esta teoría, el tiempo no se acortó, sino que lo que se reduce es la cantidad de nuestros recuerdos.
La sobreestimulación actual, el exceso de información, la dopamina que nos produce todo lo nuevo, lo interesante, lo tentador, lo estresante que esta sobreabundancia de datos nos provoca, modificaría el funcionamiento cerebral y tendría, como consecuencia, una suerte de compresión temporal.
No hay dudas de que los inventos tecnológicos, los dispositivos ideados para agilizar el trabajo y para ganar tiempo, terminan por multiplicar las tareas que nos ocupan , facilitan la inmediatez de todo y van dominando nuestras vidas, haciendo que todo transcurra a una velocidad tal, que las horas, con sus minutos y segundos no den abasto.
Pero hay otras teorías que hablan de un desplazamiento en el eje de rotación de la Tierra, denominado “bamboleo de Chandler” que produciría esa aceleración. Como también, los relojes atómicos que indican que desde el año 2020 la Tierra está girando más rápido. O los estudiosos que sostienen que el cambio climático es el que influye en la duración del día en la Tierra.
Otras teorías, de tipo socio-político, sostienen que es el Capitalismo feroz es el que tiene la culpa del cortoplacismo y de provocar una ansiedad desbordada en los individuos; ofreciendo una “Filosofía Práctica del Instante”, llevaría a una inmediatez donde aparece una permanente insatisfacción: la falta de tiempo. El filósofo Byung-Chul Han asevera que “la velocidad actual nos está enfermando”.
Yo recuerdo cuando, hace unos 20 años, aparecieron los “videoclips”, con esas imágenes vertiginosas donde se mezclaban planos de cantantes, paisajes, objetos, con un ritmo que no permitía fijar la vista en ninguno. Me mareaban, en cierto modo me molestaban, porque instalaban un tiempo tan disperso que no me parecía a la medida del hombre. Como escritora, yo soy, obviamente, una devota de un tiempo más quieto y, sobre todo, ligado a la concentración.
Ese ritmo marketinero y enloquecido de los videoclips se fue naturalizando, con lo cual a nadie hoy le llama la atención que todo se mueva a una velocidad desmesurada. Cuando Andy Warhol, en los años ’60 del siglo pasado, dijo que, en el futuro todos serían famosos por 15 minutos ¿no dio, acaso, en la tecla?
Todo sucede así. Hace poco, estábamos enfocados en el fútbol, no existía nada más que ese tema que nos absorbiera por completo y hoy ya nos ocupa otro tema que tapa al anterior. Y así, sucesivamente, estaremos sin tiempo siquiera para digerir lo ocurrido y reflexionar entre uno y otro evento. Fuera de las horas del trabajo cotidiano, ¿cuánto tiempo por día podemos estar relajados, tranquilos, distendidos?
Antes, como recreo, tomábamos un café , mirando por la ventana de un bar. Ahora, lo hacemos en el mismo bar, pero mirando la pantalla del celular o de la Tablet.
El uso permanente de esas pantallas hace que nuestra atención sea, en permanencia, fragmentada. Está comprobado que los chicos, sobre todo, tienen grandes dificultades para concentrarse. Las tareas múltiples, el exceso de conexiones en las redes sociales llevan a una dispersión que implica una superficialidad absoluta en los conocimientos. La cultura se transforma en una cultura meramente referencial ( basada en Wikipedia y otros datos que proporciona Internet).
Nos falta tiempo, sí. Pero porque nos volvimos hiperkinéticos y ansiosos compulsivos, adictos a la “conexión”. La conexión no es comunicación y mucho menos algo que era maravilloso: la comunión. Esa comunión que sólo lo brinda el trato personal, presencial y el encuentro de almas afines.
En el libro de Lewis Carroll, hay un diálogo que resulta profético. Cuando Alicia, en su País de las Maravillas, le pregunta al Conejo, cuánto dura la Eternidad, el Conejo le contesta: “A veces, sólo un segundo.”
No sería descabellado, entonces, afirmar que… Hoy ya es Mañana.



