Franco Torchia: “Celebro no entrar en una única definición”

Periodista, escritor y una de las voces más reconocidas de la diversidad sexual en la Argentina, Franco Torchia está por cumplir 50 años mientras amplía su recorrido artístico más allá de los medios de comunicación. Es papá de Teresa y está casado con Tomás Balmaceda, doctor en Filosofía, docente y periodista.

Con una trayectoria que incluye su paso por Clarín, la revista Ñ y el emblemático programa radial No se puede vivir del amor, estrenará Manifestum, una conferencia performática sobre el cuerpo y la diferencia con textos de distintos autores, junto a la gran actriz Marilú Marini, y dirección artística de Oria Puppo, en el teatro San Martín. “Las personas LGBTIQ+ sabemos mucho acerca de la gestión de la libertad”, asevera.

Para Editorial Planeta prepara una biografía de Manuel Puig, y consolida un recorrido escénico que comenzó en el café concert con Como nunca ¡otra vez!. Autor de tres libros, panelista de Duro de domar y de DDM, conducido por Mariana Fabbiani, sostiene que el teatro le abrió un territorio diferente. “Hay algo en la escena que hoy me tiene completamente enamorado”.

La charla transcurre en una gélida tarde, sentados a la mesa ubicada sobre la vereda de un café de la calle El Salvador, a pocas cuadras de América TV. Adentro del local, un cumpleaños volvió imposible cualquier intento de conversación y obligó a trasladar el encuentro al aire libre. Pide un té negro que beberá de forma pausada y habla con la misma franqueza que es su sello de vida. Más de un transeúnte lo reconoce. Lejos de incomodarlo, esas miradas parecen confirmar un vínculo construido a lo largo de varias décadas de trabajo.

Torchia estrenará "Manifestum" junto a Marilú Marini.

Entre sorbos de su infusión, recuerdos, reflexiones sobre la libertad, el periodismo y la diversidad, responde sin apuro, enlaza ideas con precisión y convierte cada respuesta en una pequeña narración que acompaña con los movimientos de sus manos; herencia de sus ancestros italianos.

Su infancia en Ensenada

La entrevista comienza con la niñez de ese niño que nació en 1976. Su infancia transcurrió en un contexto donde los mandatos familiares eran más estrictos que los actuales. “Nací y crecí en Ensenada, una ciudad que sigue siendo parte de mí, con el olor del río, de las fábricas, con mi barrio. Mucho de eso lo trabajé en Te arrancan la cabeza, una ficción que escribí. Era un niño maricón, infinitamente más maricón que la persona que soy hoy. Tengo videos de aquella época y veo un chico mucho más amanerado. Pertenezco a una generación en la que el esfuerzo por varonizarse era enorme”.

“Mi infancia fue muy lúdica y muy solitaria. Leía durante horas en voz alta, encerrado en mi cuarto. Mucha gente me pregunta de dónde sale mi voz y creo que nace de esas lecturas, porque no estudié locución. Después, tenía momentos de enorme extroversión. Organizaba desfiles de modelos con mis amiguitas del barrio, me disfrazaba para los corsos y allí vi por primera vez a las travestis. Son imágenes que no olvidé nunca”.

Su infancia transcurrió en un contexto donde los mandatos familiares eran más estrictos que los actuales.

En aquellos tiempos lo heteronormativo era el modelo a seguir: “Recuerdo la injuria permanente. La amenaza estaba siempre al alcance de la mano. A veces era verbal, en la escuela o en la calle. Otras veces fue violencia concreta. Fui abusado dos veces durante mi infancia y creo que, en aquella época, la violencia sexual contra un niño maricón tenía incluso un carácter correctivo, como si hubiera algo que castigar o enderezar. Esa idea de traición a la norma sigue siendo una de las formas en que determinados sectores miran a las personas LGBT”.

Sobre la experiencia terrible de haber sufrido abusos, afirma: “La experiencia del abuso marcó profundamente mi adolescencia. Durante mucho tiempo sentí que había tenido demasiado sexo cuando era un niño y que ya no tendría más. Eso hizo que no viviera una adolescencia típica. No fui un adolescente festivo ni tuve una primera juventud expansiva. Era serio, muy estudioso, bastante triste. Hace poco un amigo vio fotos de esa época y me dijo que tenía una mirada triste. Tenía razón.”

Crecer implicó enfrentar obstáculos: “No hubo un momento preciso en el que todo cambiara. Mi recorrido fue mucho más complejo que una salida del clóset. Durante un tiempo decir “soy gay” fue una manera de simplificarles la vida a los demás, no a mí. Yo amé mujeres, tuve una hija (Teresa, 17 años) y hoy prefiero resistir la obligación permanente de definir qué somos. Las categorías muchas veces terminan limitándonos. Si hace falta reafirmarlas, lo hago. Digo que soy un hombre y que no soy heterosexual. Pero también creo que dentro de cada identidad hay infinitos matices que vale la pena explorar”.

"Hoy prefiero resistir la obligación permanente de definir qué somos", dice sobre su identidad.

La relación con sus padres

El primer día de julio, a los 87 años, falleció Franco, su padre que había llegado de Italia en 1938 con el deseo de encontrar una nueva vida en este país. Casado con María Cristina (85), tuvieron dos hijos, Gabriela y Franco. En ese ambiente familiar, atravesó experiencias que definirían su adaptación a un mundo adverso.

“Era evidente para todos que yo no respondía al modelo de varón esperado. Mi padre entendió muy rápido que nunca iba a ser el futbolista que imaginaba. Una vez me llevó a la cancha de Estudiantes y a los pocos minutos me largué a llorar porque quería irme. Aquel ambiente ya me resultaba hostil, aunque fuera demasiado chico para entenderlo. Él fue un inmigrante que cargó toda la vida con la guerra y el hambre. Creo que justamente esa experiencia lo volvió muy respetuoso de los recorridos personales. Tramitó mi diferencia con mucho respeto. Con mi madre fue distinto. Hubo momentos de rechazo y otros de aceptación. Ella advertía perfectamente que yo no era el hijo varón que la sociedad esperaba, pero también hizo lo que pudo con las herramientas de su generación”, explica.

Ante semejante contexto, cabe preguntar si guarda algún tipo de resentimiento. “Con el tiempo entendí algo que hoy intento aplicar incluso como padre. Hay que desfamiliarizar a nuestros padres. Es decir, dejar de mirarlos únicamente desde el vínculo filial y empezar a verlos como personas atravesadas por su propia historia. Mi padre había sobrevivido a la guerra. Mi madre perdió a su mamá a los ocho años, fue criada por un padre militar y varias tías. Lo que la vida les hizo a ellos, intentaron, a su manera, que no me ocurriera a mí. Eso no borra los conflictos, pero cambia la perspectiva desde la que uno los comprende”, revela.

"Las categorías muchas veces terminan limitándonos. Si hace falta reafirmarlas, lo hago", manifiesta.

Surge la duda, ¿cómo habrá sido su salida del armario? La respuesta no se hace esperar: “No creo que haya existido un momento definitivo. Las personas LGBT sabemos mucho sobre la gestión de la libertad porque siempre tuvimos que salir a buscarla. En cualquier época histórica el desprecio estuvo al alcance de la mano para nosotros. Por eso me cuesta que hoy alguien venga a hablarnos de libertad. Sabemos perfectamente lo que significa conquistarla, perderla y volver a pelear por ella” y, aclara, “mi recorrido nunca fue lineal. No hubo una gran salida del armario ni un instante de revelación. Fue un proceso lleno de matices y contradicciones. Creo que todavía sigo en movimiento y que esa búsqueda nunca termina”.

De “Cupido” a hoy

Los memoriosos recordarán su voz asociada a Cupido, el programa creado por Mariano Cohn y Gastón Duprat, transmitido por Much Music, de 2001 a 2003, conducido por Santiago del Moro, donde se trabajaba sin red, nada estaba preparado de antemano. Bajo el eslogan “En contra de las apariencias y a favor del corazón”, dos participantes, sentados en sillones separados por una pared, intentaban conocerse y coincidir.

“Gastón Duprat me escuchó hablar y me dijo que mi voz en off tenía que ser la del programa. Participaba cualquiera que quisiera hacerlo y las llamadas no estaban preparadas. En una televisión obsesionada con el casting, nosotros apostábamos exactamente a lo contrario. Con el tiempo muchos creyeron que nos burlábamos de la gente. En realidad, defendíamos una idea de libertad. Hicimos la primera unión entre dos hombres en la televisión argentina, invitamos a identidades trans cuando casi nadie lo hacía y hasta llegamos a formar tríos en pantalla. Todo eso ocurría a las seis de la tarde. Trabajábamos muchísimas horas, pero mientras se convertía en un éxito yo ya soñaba con otra cosa. Quería entrevistar personas. Ese siempre había sido mi verdadero deseo”, recuerda.

Ante su próximo debut en Manifestum, vale saber, ¿qué le ofrece el escenario que no encuentra en el periodismo?

“La escena me da un permiso para la performance que el periodismo difícilmente conceda. Oria Puppo me dijo una vez que yo era performer en la radio, en la televisión y también sobre el escenario. Nunca me había pensado así, pero entendí lo que quería decir. No siento que eso le quite verdad al periodismo. Cada situación exige herramientas distintas. Soy una persona expresiva y el teatro habilita una dimensión que hoy me tiene completamente enamorado. (La actriz) Lorena Vega fue otra de las personas que me ayudó a entenderlo cuando me dijo que yo era un actor. Durante años escuché que debía elegir una sola identidad profesional, que tenía que ser una cosa y no otra. Hoy celebro que eso no esté claro. Celebro no entrar en una única definición”.

Compartirá escenario con Marilú Marini. “Es una de las experiencias más importantes de mi vida. En 1998 junté dinero para viajar desde La Plata y verla en La mujer sentada. Salí deslumbrado. Marilú me despierta admiración, responsabilidad y una enorme emoción. Tiene una inteligencia extraordinaria para comprender un texto. Parece capaz de reconstruir la intención exacta con la que fue escrito. Ensayar con ella es una lección permanente”, acentúa.

Sobre el final del diálogo, Torchia tiene muy claro que la defensa de derechos es indispensable: “Las personas LGBTIQ+ somos, históricamente, la invariante del desprecio. Siempre aparecemos como uno de los primeros sectores sobre los que resulta sencillo descargar discursos de odio. No hay nada novedoso en volver a atacarnos. Lo que sí me preocupa es que en la Argentina el corrimiento fue todavía más lejos. Durante mucho tiempo parecía existir un consenso respecto de que determinados sectores, como las personas con discapacidad, no iban a ser objeto de ese tipo de agresiones. Sin embargo, eso también se rompió. Cuando reaparece la fantasía de una sociedad integrada únicamente por personas consideradas normales, todos los cuerpos que quedan por fuera de esa norma pasan a estar en riesgo. Frente a eso vamos a seguir alzando la voz”, concluye.

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