Caminar lento puede anticipar algo más que cansancio: qué revela la velocidad de la marcha sobre el cerebro

Caminar de un punto a otro parece automático, pero requiere una coordinación precisa. El cerebro calcula distancias, sostiene el equilibrio, regula el tono muscular y corrige cada paso mientras el cuerpo avanza.
Por eso, la velocidad de la marcha empezó a estudiarse como un dato capaz de mostrar algo más que el estado de las piernas.
Caminar lento puede anticipar algo más que cansancio: qué revela la velocidad de la marcha sobre el cerebro
Un estudio publicado en JAMA Network Open siguió durante cinco décadas a 904 personas nacidas en Dunedin, Nueva Zelanda. La última evaluación se realizó cuando los participantes tenían 45 años.
La marcha se midió de tres maneras: a ritmo habitual, mientras realizaban otra tarea y a la mayor velocidad posible. Los promedios fueron de 1,30 metros por segundo, 1,16 y 1,99, respectivamente.
La diferencia más fuerte apareció al comparar los extremos. Entre los 26 y los 45 años, quienes estaban en el grupo de marcha más lenta habían acumulado cinco años adicionales de envejecimiento fisiológico frente a los más rápidos.
Ese deterioro no quedó concentrado en una sola parte del cuerpo. Los investigadores encontraron señales en pulmones, dientes, sistema cardiovascular, metabolismo e inmunidad, además de menor fuerza de agarre y peor equilibrio.
También hubo una brecha promedio de 16 puntos de cociente intelectual. Las diferencias aparecieron en memoria de trabajo, velocidad de procesamiento, comprensión verbal y razonamiento.
Las resonancias mostraron menor volumen cerebral, una corteza más fina y menor superficie cortical entre quienes caminaban más despacio. Las pruebas realizadas a los tres años ya habían marcado diferencias en lenguaje, habilidades motoras y control emocional.
La relación también fue analizada en adultos mayores. Un trabajo publicado en JAMA reunió nueve estudios con 34.485 personas de 65 años o más, seguidas durante períodos de entre 6 y 21 años.
Durante el seguimiento murieron 17.528 participantes. En todos los grupos, caminar más rápido se asoció con una supervivencia mayor. Cada aumento de 0,1 metros por segundo estuvo relacionado con una reducción cercana al 12% en el riesgo de muerte.
Entre los hombres de 75 años, la probabilidad estimada de vivir otros diez años fue del 19% entre los más lentos y del 87% entre los más rápidos. En las mujeres, el rango fue del 35% al 91%.
Eso no significa que acelerar el paso prolongue automáticamente la vida. La velocidad resume el estado muscular, cardiovascular, respiratorio, visual y neurológico. También puede bajar por dolor, artrosis, lesiones, medicamentos o miedo a una caída.
Una marcha fluida necesita que varias áreas actúen al mismo tiempo. El cerebelo ajusta el equilibrio y la precisión; los ganglios basales ayudan a iniciar y automatizar el movimiento.
La corteza cerebral interviene cuando hay que prestar atención, cambiar de dirección o evitar un obstáculo. También participan la visión, la orientación espacial, los nervios periféricos y la capacidad cardiorrespiratoria.
La prueba con doble tarea mostró esa exigencia. Cuando los participantes debían caminar y realizar otra actividad a la vez, la velocidad promedio bajó de 1,30 a 1,16 metros por segundo.
La neuróloga Lucía Zavala explicó que el volumen cerebral y el grosor cortical preservado forman parte de la reserva estructural y cognitiva. Esa reserva permite tolerar mejor cambios vasculares o neurodegenerativos.
Por ese motivo, considera que la velocidad de la marcha podría incorporarse a los chequeos de mediana edad. Es una evaluación sencilla, económica y fácil de repetir.



